Caída libre

Todo empezó un jueves a la mañana. Lo que ya de por sí es curioso, porque no hay muchas cosas que empiecen los jueves. El jueves es, por lo general, sólo un día más en la semana. Pero para el señor Echeverría, el jueves marcó el inicio del infierno. Desde que abrió los ojos supo que algo andaba mal, aunque, todavía medio dormido, no podía adivinar qué era. Una luz tenue se colaba por las rendijas de la persiana medio levantada y la cortina, ondulante, proyectaba sombras amorfas en el cubrecama. El señor Echeverría parpadeó una vez, dos veces, tres, tratando de aclarar su conciencia y de abandonar definitivamente el estado de sopor en el que se encontraba. Cuando por fin logró despertarse del todo, notó un leve zumbido en su oído izquierdo. Sin darle mayor importancia, se vistió y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno.

El señor Echeverría era un animal de costumbres. Desde que su esposa había muerto hacía cinco años a causa de un cáncer de mama que el médico había tardado en diagnosticar, se levantaba todos los días a la misma hora y su rutina permanecía inalterable. Desayunar, leer el diario, ir a trabajar. Se desempeñaba como contador de una gran empresa dedicada a vender insumos de oficina, por lo que su trabajo era bastante aburrido, sin embargo, nunca se quejaba y ponía toda su dedicación en la realización de inventarios y demás tareas que le habían asignado. Era, para cualquiera que lo hubiera tratado, el empleado perfecto. Sus compañeros lo estimaban, aunque ninguno podía considerarse su amigo. A pesar de que hacía más de veinte años que trabajaban juntos, mantenían un trato cortés pero reservado, y todos estaban conformes con esa suerte de acuerdo tácito. Una vez que cumplía con su horario, el señor Echeverría volvía a su casa. Allí, después de merendar y dependiendo de las condiciones climáticas, se dedicaba a la jardinería, un hobby que había compartido con su mujer hasta que ella había enfermado; leía alguna novela negra o miraba algo de televisión. Cerca de las ocho de la noche se bañaba, comía una cena liviana y se iba a acostar. Su vida no era de lo más interesante, pero le bastaba para ser relativamente feliz. Claro que hablar de felicidad habiendo perdido a su esposa le parecía nada menos que una locura, pero se las arreglaba.

Las noches eran lo peor. Las dos semanas posteriores al funeral había dormido en el sofá del living, porque se sentía incapaz de conciliar el sueño en la cama que había compartido con ella durante veintitrés años. Si bien no había dormido mucho tampoco, al cabo de ese tiempo decidió que, dado que no iba a necesitar dos plazas para él solo, lo conveniente era comprar una individual. Así que se deshizo de su cama matrimonial y, a partir de ese momento, durmió en una de una sola plaza. El señor Echeverría nunca había sido una persona muy sociable, y podía contar a sus amigos con los dedos de una mano. Pero su verdadera roca había sido siempre su mujer, y sabía que nunca iba a poder recuperarse de su pérdida. Por lo que focalizó su atención en lo que sí podía hacer, como dedicarle más tiempo a ciertas cosas que había descuidado a lo largo de los años. En poco tiempo había levantado un invernadero en su patio y contaba con variedades que muchos viveros habrían envidiado. Los días de lluvia leía o escuchaba algún disco de música clásica, la única que lograba relajarlo. Pero una vez que terminaba el día y tenía que volver a esa habitación oscura y solitaria, solía quedarse despierto, mirando el techo durante horas, preguntándose una y otra vez cuál era el sentido de todo.

Ese jueves, al llegar la noche, el señor Echeverría yacía despierto mirando el techo, pero sin preguntarse nada. Era el maldito zumbido el que no lo dejaba dormir.

Pasados unos días, y habiendo asumido que el zumbido no iba a desaparecer, sino que parecía intensificarse de a ratos, decidió recurrir a un especialista. Éste le recetó una batería de estudios que terminaron dando negativo. Según el médico, no había ninguna cuestión física que pudiera estar causando aquel sonido tan molesto en el oído, y le recomendó ver a un psicólogo.

Por su naturaleza reservada, el señor Echeverría siempre había evitado a los psicólogos. No entendía qué beneficio podía obtener de ponerse a hablar de cosas privadas con un extraño. Pero, desesperado como estaba, decidió que no tenía nada que perder y concertó una cita con el terapeuta que el médico le había indicado. Como había anticipado, fue un verdadero desastre. ¿Qué tenía que ver un zumbido que le había aparecido de un día para el otro a los cincuenta años de edad con la relación que había tenido con su madre durante la adolescencia? Irritado, abandonó la consulta jurando no volver a pisarla nunca más.

Pasaron las semanas y las cosas no hicieron más que empeorar. Apenas conseguía dormir por las noches, lo que se reflejaba en su humor durante el día. Él, que en veinte años apenas había cruzado palabra con sus compañeros de trabajo, ahora discutía por cualquier nimiedad. Casi se había agarrado a las trompadas porque alguien había tomado prestada la abrochadora de su escritorio sin pedirle permiso, pero al ver la mirada asustada que le dirigió su secretaria cuando se abalanzaba sobre el joven pasante, logró a duras penas reprimir su impulso.

 Al cabo de un tiempo, incluso su jefe había notado lo errático de su conducta y lo llamó a su oficina para pedirle explicaciones. Es que estoy teniendo problemas para dormir. No pensaba explicarle que desde hacía tres semanas, un insignificante zumbido había vuelto su vida un infierno. Su jefe, lejos de mostrarse comprensivo, le pidió que resolviera sus problemas personales en su tiempo libre mientras lo miraba con expresión ceñuda y le ordenó que volviera al trabajo, no sin antes advertirle que, si continuaba alterándose por nada no le dejaría otra opción que despedirlo. El señor Echeverría asintió, tratando de ignorar a toda costa el nudo caliente que le tensaba el estómago, y salió dando un portazo. El lunes siguiente, un telegrama le informaba que, desde allí en adelante, no era necesario que se presentase a trabajar. Hizo un bollo con él y lo arrojó, sin más, al tacho de basura.

Era consciente de que todo su mundo se estaba viniendo abajo, pero no sabía qué hacer. Desesperado, consultó a otro especialista, pero recibió la misma respuesta que antes. El médico aseguraba que la causa debía tener un origen psíquico y lo derivó a un psiquiatra, que tampoco fue capaz de darle una respuesta concreta. Todos sus esfuerzos fueron inútiles, y tenía la impresión de que el zumbido no hacía más que agravarse. De noche pensaba que iba a volverse loco. Había comprado un reproductor de música portátil con la esperanza de que, al ponerse los auriculares, la música tapara el ruido y le permitiera relajarse, pero no había dado resultado. El hecho de no poder descansar no sólo le había alterado el humor, sino que tampoco tenía apetito. Ya no salía de su casa porque no tenía que ir a trabajar y porque temía lo que era capaz de hacer. Las plantas de su invernadero estaban marchitas porque hacía semanas que había dejado de prestarles atención. Hasta había dejado de bañarse y en su cocina se apilaban platos medio sucios, con restos de comida que las moscas parecían agradecer. Ya no dedicaba las noches a reflexionar, sino que lloraba hasta que, de vez en cuando, lograba quedarse dormido.

Era, casualmente, jueves, cuando cayó extenuado en su cama, sin siquiera quitarse la ropa que había usado durante el día. Llevaba despierto más de una semana y apenas había probado bocado en todo ese tiempo. Por primera vez en meses, soñó. En el sueño se encontraba con su mujer, que lo reprendía cariñosamente por haber descuidado sus plantas. Él le prometía que volvería a dedicarse a ellas cuando el zumbido hubiera cesado. Es casi peor que extrañarte, le decía él, y lloraba mientras ella le acariciaba la cabeza y le decía que lo quería. A lo lejos, comenzó a oír un ladrido, que fue haciéndose cada vez más nítido hasta que terminó despertándose. Se incorporó en la cama. El ladrido provenía del patio de su vecino, que había regalado un cachorro de labrador a su hijo por su cumpleaños, y era eso, sin lugar a dudas, lo que había interrumpido su sueño. Ciego de ira, se dirigió a la casa de su vecino y comenzó a aporrear la puerta. Eran cerca de las cuatro de la mañana y el cielo estaba negro. Probablemente llovería de un momento a otro, y nadie venía a abrirle. Otro vecino, a quien debía de haber despertado con su incursión nocturna, salió a la vereda y le dijo de mala manera que los Carranza habían viajado de urgencia el día anterior. Algo de una abuela enferma o cosa por el estilo. El señor Echeverría asintió y volvió a su casa. ¿Qué clase de idiota se va de viaje y deja solo a un cachorro? Volvió a su habitación, pero ni siquiera intentó dormir. Los ladridos venían a sumarse al incesante zumbido que le retumbaba en el oído, y sintió que su cabeza iba a terminar explotando de un momento a otro. Gritó, impotente, sofocando el grito con la almohada, mientras pegaba puñetazos al colchón, pero nada hizo que se sintiera mejor. El zumbido seguía ahí. Y, del otro lado de la medianera, el perro seguía ladrando.

Sin detenerse a pensar en lo que hacía, corrió hasta el patio, saltó el tapial ayudándose de una silla y aterrizó del lado del vecino. El cachorro ladró más fuerte. Nunca en su vida había sentido la ira que sentía en ese momento. Respirando con dificultad, avanzó hacia el perrito, que ahora lloraba asustado. El zumbido en su oído sonaba cada vez más fuerte, y él ya no era dueño de sí mismo. Levantó al pequeño cachorro por sobre su cabeza y lo arrojó al piso con todas sus fuerzas. Cuando cayó al piso, dejó de ladrar. Sin embargo, movido por una violencia hasta ese momento desconocida para él, siguió pegándole patadas y puñetazos hasta que lo único que quedó del animal fue una masa informe y ensangrentada.

Después de eso, el señor Echeverría no escuchó nada más. Aliviado, respiró hondo varias veces. Al abrir los ojos unos momentos después, lo primero que vio fueron sus manos cubiertas de la sangre del cachorro, y el cadáver del animal a un metro de donde se encontraba. Con horror, comprendió lo que había hecho, y un fuerte temblor se apoderó de su cuerpo. Como pudo, se limpió la sangre en la ropa y saltó el tapial para volver a su casa. Corrió hacia el baño y vomitó, aunque hacía un par de días que no comía nada. Aterrado y asqueado de sí mismo, lloró. Lloró por lo que había sido y por aquello en lo que se había transformado. Lloró hasta que no le quedaron fuerzas. Lloró hasta que, de la nada, el zumbido volvió a taladrarle el oído.

Presa de la desesperación, se levantó y salió del baño. Comenzó a rebuscar en los cajones de la cocina hasta que encontró el martillo que su esposa solía usar para ablandar la carne. Se dirigió al garaje y extrajo de la baulera la caja que contenía las cosas que usaban con su mujer cuando iban de camping. Cuando consiguió lo que necesitaba, se dirigió de nuevo hacia el baño. Una vez frente al espejo, tomó aire, tratando de regular la respiración y se puso manos a la obra. El dolor casi le hizo perder la conciencia, pero no lo disuadió de su objetivo. Finalmente, exhausto y dolorido, cayó al piso hecho un ovillo.

Así lo encontraron momentos después sus vecinos, que, al escuchar los alaridos provenientes de su casa, habían llamado a la policía y tirado abajo la puerta. Tenía la mirada perdida y desprovista de todo entendimiento. Aún sostenía en su mano derecha el gran martillo de cocina y de su oreja izquierda manaba un hilo de sangre allí donde la estaca se había clavado. No logró reconocer el espanto en las miradas horrorizadas de sus vecinos. En su cabeza sólo había lugar para el alivio, porque sabía que, por fin, el maldito zumbido había cesado para siempre.

 

 

Blue in Green

Para acompañar la lectura: PLAY

Estamos sentados frente a frente en la barra y ninguno dice nada. Si alguien nos viera podría adivinar que algo se ha roto entre nosotros, pero esta noche no hay testigos. Solamente el mozo, que de vez en cuando nos mira con indiferencia y parece más interesado en escuchar la pequeña radio ubicada en el otro extremo del bar. O tal vez, quién sabe, ésa es su forma de ofrecernos algo de privacidad. La tenue luz ilumina apenas el  local. Afuera todo duerme.

Hoy es el primer día del otoño y ya hace frío. Las hojas de los árboles empiezan a morir, pero no son las únicas. Sin romper el silencio que se cierne sobre nosotros y da la sensación de haber existido desde siempre, levanto la vista para mirar a los ojos al hombre que tengo enfrente y no puedo evitar un suspiro. Él me devuelve la mirada, pero al escrutarla, no logro ver en ella la misma intensidad que de costumbre. Esta vez sólo refleja resignación y cansancio; ni rastros del amor que solía prodigar. Hay tanto que quisiera decirle, pero no me salen las palabras. De todas maneras, de poco me servirían. Existen cosas imposibles de explicar hasta para el más elocuente de los seres humanos.

Hago ademán de tomarle la mano, pero detengo el gesto a medio camino. No estoy segura, pero sospecho que ese tipo de contacto me está vedado de ahora en adelante. Él nota mi titubeo y podría jurar que una mueca de dolor atraviesa fugazmente su expresión.

Es tan difícil. Parecemos dos extraños en un ring, dando vueltas en círculo, midiendo al otro sin que ninguno de los dos se atreva a lanzar el primer golpe. O tal vez el último. Quizá los dos ya hemos aceptado que perdimos por nocaut mucho antes de comenzar la partida. Estoy sumida en mis reflexiones cuando veo de reojo que él apura el whisky y se levanta de su asiento con determinación. La seguridad que emanan sus movimientos me anuda la garganta. Pienso con rencor que es injusto que él pueda mantener la compostura cuando yo estoy rota y no encuentro la manera de encajar las piezas en un orden que me permita volver a funcionar sin sentir que estoy a punto de derrumbarme a cada paso.

A esto se resume todo. Él se va, y ni siquiera se digna a mirarme por última vez. Se va sin pedir permiso, sin ofrecer excusas, sin pedir perdón.  Cierro los ojos y me aferro con fuerza a la barra porque me rehúso a salir corriendo detrás de él y pedirle que se quede. Y porque, sinceramente, no soy capaz de verlo partir.

Pero él no se va. De pronto, el silencio que hasta entonces resultaba atronador se ve interrumpido por unos acordes conocidos que surcan el aire y me atraviesan entera con la precisión de un puñal. Mis ojos vuelven a abrirse por voluntad propia y lo veo avanzando hacia mí con paso vacilante. Detrás de él, la gramola que acaba de despertar, llora. Mi mano encuentra la suya, extendida en una invitación silenciosa, y nuestros cuerpos se amoldan como siempre y por última vez. En ese momento no existe nada más que su mano en mi cintura y su aliento cálido en mi cuello y las lágrimas que resbalan, incontenibles, por mi mejilla.

Bailamos abrazados, pero apenas bailamos. Nos mecemos en el centro de una pista abandonada de un bar cualquiera, al ritmo de un piano triste y una trompeta que no es menos que poesía, fundidos en un abrazo que es eterno y solamente de los dos. Es brutal, desgarrador y absolutamente perfecto.

No puedo pensar. La cálida melodía afloja cada músculo de mi cuerpo y presiento que los últimos compases están al caer. Él también debe intuirlo, porque puedo sentir su abrazo tensarse a mi alrededor, como si tratara de prolongar el momento, como si tuviera miedo de que todo termine. Pero los dos sabemos ya muy bien que es en vano luchar contra el destino, y cuando suena por fin ese último acorde fatal, no hay nada que podamos decir o hacer para evitar lo inevitable.

Como de mutuo acuerdo, nos separamos y quedamos frente a frente una vez más. Él usa su pulgar para secar con ternura los restos de mis lágrimas en un gesto tan íntimo que ya empiezo a extrañarlo. Sin decir palabra, sonríe con melancolía, la misma que debe ver reflejada en mis ojos. Sé que esta es su forma de decir adiós y le devuelvo la sonrisa porque no puedo hacer otra cosa. Sólo él es capaz de hacer de una despedida un momento tan entrañable. Lentamente aparta su mano y se encamina hacia la puerta. Ahora sí que no mira hacia atrás cuando atraviesa el umbral.

Tardo un momento en reaccionar y cuando abandono el local tras sus pasos, apenas puedo distinguir su silueta a lo lejos, caminando con resolución hacia la línea del horizonte. Mi cuerpo quiere correr en su busca, pero mi corazón sabe que es hora de dejarlo ir. Y por eso permanezco ahí parada, observándolo bajo un cielo sin estrellas mientras se pierde en la negrura de la noche, con los grillos que ya no cantan y las hojas de los árboles que ya empiezan a morir.

El extraño caso de la Quilmes Stout

Para Martín,
el Rachel de mi Monica
y el Joey de mi Chandler.

—¿Uno o dos? —pregunté por costumbre, conociendo de antemano la respuesta. Martín asomó la cabeza por la puerta de la cocina con cara de «¿Hace falta que preguntes?».

—Ok, tengo que dejar de preguntar boludeces —respondí en voz alta. Saqué los dos envases de la alacena y bajamos.

—Haceme acordar de que controle si le pusieron rúcula o no esta vez —me dijo mientras caminábamos la media cuadra que nos separaba de la pizzería y aludiendo a otras ocasiones en que habían omitido agregar el ingrediente principal de su mitad de la pizza.

Era una noche fresca, típica de finales de septiembre. En el cielo brillaba con intensidad la luna y ya se empezaban a divisar algunas estrellas. No había nada de humedad, lo que ya de por sí constituía todo un acontecimiento y contribuía notablemente a mi buen humor.

Entramos al local y al consultar nos informaron que nuestro pedido ya estaba listo. Me tocaba pagar a mí, así que mientras le entregaba la tarjeta a la mujer de la caja, Martín se dedicó a sacar las cervezas de la heladera.

—¿Llevamos una y una, te parece? —me preguntó, señalando una Quilmes Stout.

—Dale —contesté a la vez que firmaba el recibo y él abría la caja de la pizza para corroborar que en efecto todo estuviera tal como habíamos previsto. Cuando asintió, saludamos y nos dirigimos de vuelta a mi departamento.

Como siempre, yo fui a la cocina a guardar la bebida y a buscar cubiertos y los jarros de chop y él se quedó acomodando la mesa.

—¿Con cuál arrancamos? —pregunté, mientras trataba de hacer espacio en la heladera.

—A la negra le falta frío, traé la otra, mejor —contestó.

Como soy de hacerle caso a los que saben, hice exactamente lo que él me decía y me dirigí al comedor. Durante la cena aprovechamos para ponernos al día –hacía unas dos semanas que no nos veíamos– por lo que los tópicos de la conversación fueron diversos y variados, como lo eran habitualmente, aunque intrascendentes. Cuando terminamos de comer notamos que ya no quedaba bebida para acompañar la charla, por lo que me levanté y fui a buscar la botella que había puesto en el frízer hacía poco menos de una hora y la deposité en la mesa como había hecho antes con la otra.

—Está en su mejor momento —comentó Martín al destaparla, refiriéndose a la ligera capa de hielo que recubría el envase.

—Ideal. Tenía ganas de tomar una de estas —agregué, y volví a acomodarme en mi silla, justo enfrente de la de él.

Él se encargó de rellenar los vasos y luego procedimos a brindar en silencio por nada en especial. En el momento en que tomé el primer trago sentí algo distinto, como un cosquilleo que se iba propagando por toda la lengua y que de alguna manera se extendía por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los pies. Levanté la vista para ver si yo era la única afectada por esta sensación extraña –quién sabe, a lo mejor era que mi resistencia había ido decreciendo con los años– y vi que Martín tenía los ojos muy abiertos y miraba el vaso con desconfianza. Antes de que pudiera decir nada, una sensación cálida vino a reemplazar al incómodo cosquilleo. Aún hoy resulta difícil de explicar, pero fue como si la cabeza me pesara menos: ya no quedaba en ella ni el vestigio de mis preocupaciones de todos los días. De repente, la lámpara que nos alumbraba empezó a fallar –o eso supuse en ese momento– y la luz se puso de un azul intenso un poco molesto hasta que mis ojos terminaron por acostumbrarse.

Me es imposible describir detalladamente los hechos posteriores, más que nada porque en mi memoria sólo conservo retazos de ellos. Cada vez que trato de recordar sólo logro vislumbrar una vorágine de colores, sonidos y fragmentos de conversaciones, pero sobre todo sed, mucha sed. Respecto del orden de los acontecimientos, no podría decir con seguridad qué pasó antes y qué pasó después, pero paso a relatar lo que sí recuerdo: lo vi llenar los vasos de nuevo y pensé estúpidamente «Eso me va a venir bien para calmar esta sed insoportable» y me mandé un trago que hizo que la luz azul de la lámpara se pusiera púrpura por un rato. No sé qué colores estaba viendo Martín en ese momento y sinceramente tampoco sé qué decía, enfrascado como estaba en la explicación frenética de la teoría quimio-nosecuánto. No hace falta aclarar que se trata de cuestiones que no retengo ni cuando estoy en plena posesión de mis facultades mentales, así que resulta lógico que me excuse de transcribir textualmente esta parte de la conversación. Lo que sí puedo hacer es describir cómo caminaba de un extremo a otro del comedor en un despliegue de energía poco usual en el contexto en que nos encontrábamos, interrumpiéndose de golpe para gritar al aire palabras como «abiótico», «atmósfera» o «molécula». Debo decir que en mi estado de similar afectación, yo encontraba todo lo que estaba pasando muy normal. Todo esto se prolongó durante un cuarto de hora –o, al menos, lo que creí fue un cuarto de hora–, hasta que pareció extenuarse, se sentó y tomó un trago de cerveza. Lo que recuerdo a continuación es una maraña de frases sueltas que espero que tengan algún sentido para el lector.

—Vos no entendés —le dije, frustrada, mientras me secaba las lágrimas lo mejor que podía con un pañuelo ¿turquesa? que hasta hoy no tengo ni idea de dónde salió—. Nadie me entiende. Venía de Rusia con la familia y se perdió, estaba solo en un país desconocido, ¿cómo podés no llorar, desalmado?

—Tomá, tomá esto y tranquilizate —me contestó acercándome el vaso.

—Que te corran la mano duele, es una falta de respeto —afirmó solemnemente en un momento dado.

—¿Falta de respeto? —repuse indignada—. Falta de respeto es joder con el reflejo nauseoso de la gente.

Y agarré la botella y volví a llenar los vasos, ofendida.

—Funes Mori estaba adelantado, Martín, no jodas.

—Bueno, ustedes no pueden hablar, los benefician siempre.

—Primero, una cosa no quita la otra, y segundo, no nos benefician, ¿vos viste las cosas que cobraron el torneo pasado? Anularon el gol a Belgrano, validaron el que nos hizo Independiente en offside…

—Y bueno, a nosotros también nos cagaron.

—¿Entonces qué estamos discutiendo? El problema en el fútbol son los árbitros —sentencié en un inusitado acto de diplomacia.

Levantó el vaso en un brindis silencioso y dio el tema por zanjado:

—Son todos unos hijos de puta.

—No entendés nada, Coty, callate —. Estaba parado y casi gritando, la luz roja de la lámpara le iluminaba la cara contorsionada por el enojo genuino.

—Ay, no sé por qué te ponés así —respondí llenando los vasos tranquilamente—. Una, sí; dos, ponele; pero tres… Para mí no hay necesidad.

—¿Cómo que no hay necesidad? ¿Te estás escuchando? ¡Es Kung Fu Panda!

Creo que esos pocos fragmentos bastan para ilustrar cómo transcurrió el resto de la velada, que por otro lado, no recuerdo. A eso hay que agregarle que la cerveza parecía no acabarse nunca: entre los dos pudimos reconstruir la mayor parte de la noche y contamos catorce ocasiones distintas en que uno u otro llenó los vasos desde que destapamos la botella. Sin embargo, el shock llegó cuando estábamos reviviendo uno de los diálogos más relevantes de nuestra adolescencia:

—Miss, I can’t let you off the plane.

—Let her off the plane!

—Oh, please, you don’t understand…

—Try to understa…

Cuando noté que Martín se había interrumpido a mitad de frase (que por otro lado, siempre repetimos como si no supiéramos qué va a pasar a continuación), lo miré extrañada.

—No hay más —dijo, gesticulando con la botella. Acababa de servir el último trago.

Sin ponernos de acuerdo, los dos tomamos a la vez lo poco que había podido exprimir del envase que ahora yacía vacío entre nosotros. El efecto tardó unos diez minutos en desaparecer del todo.

Fue como si un tornado nos hubiera devuelto a nuestros asientos, y a lo mejor eso era exactamente lo que había ocurrido, porque nuestras cabezas daban vueltas de una manera desconocida para los dos. Cerré la boca y me apoyé la mano en el estómago, como tratando de hacer que la cena se quedara ahí abajo, y vi que Martín cerraba los ojos y aferraba la mesa en un claro intento de hacer lo mismo. Ninguno de los dos entendía bien qué había pasado, pero internamente sabíamos que esta vez la resaca iba a ser épica e iba a durar más o menos hasta Navidad. Cuando todo alrededor dejó de moverse y los colores volvieron a la normalidad, incluyendo la luz de la lámpara, me animé a mirar el reloj que decidí colgar en la pared hace más de cinco años, cuando me mudé al departamento. Marcaba las cuatro y media. En mi asombro debo haber emitido algún sonido, porque Martín también lo miró y el mismo gesto incrédulo se dibujó en su cara. Otra vez de manera sincronizada, giramos hasta quedar cara a cara, estupefactos, e hicimos lo único que podíamos hacer ante lo inexplicable: reímos. Nos reímos con ganas, a carcajada limpia y durante más tiempo que el razonable, debo admitir. Ahora que lo pienso, esa risa absurda y rayando en lo demencial puede muy bien haber sido un efecto residual de lo que sea que habíamos estado experimentando durante la mayor parte de la noche. Cuando por fin logré calmarme y recuperar el aire, me pasé las manos por la cara para secar los restos de lágrimas y para tratar de despejarme un poco. Como tantas veces, fui la primera en romper el silencio:

—Guau  —dije, y eso fue lo más elocuente que pude elaborar.

—Boluda —me dijo Martín mientras agarraba el envase vacío y lo corría hacia la otra punta de la mesa, como para poner distancia entre nosotros y él—, la próxima vez mejor nos tomamos dos rubias, ¿te parece?

De más está agregar que estuve de acuerdo.

Más que un juego

Hay una responsabilidad en la camaradería que no todos alcanzan a comprender. «No dejar a nadie atrás» es el lema, y a pesar de que la intención es noble, son sólo los valientes los que terminan por llevarlo a cabo.

Primero están los caídos, los desafortunados. «Los muertos necesarios», les dicen. Algunos incluso van más allá y, lejos de compadecerlos, atribuyen su pérdida a la negligencia, a la temeridad o, directamente, a la estupidez. ¿Quién los manda a sacrificarse por nada?

Después vienen los egoístas. Los que tienen «hambre de gloria», como les gusta decir. Los que se salvan solos, es cierto, pero no salvan a nadie más. Dejan todo en cada batalla y es difícil que los vean hasta que ya es demasiado tarde. Esos son los que se pavonean y forman un selecto club, en el que a nadie más que a ellos le está permitida la entrada.

Y después están los distintos. Los kamikazes. Los que están dispuestos a salvarlos a todos o morir en el intento. No es fácil mantener la concentración cuando el pulso late en los oídos y el corazón va a mil en el pecho, pero es una cuestión de práctica y de carácter. Después de un tiempo, esta responsabilidad no es más que una anécdota, porque ellos saben que nacieron para eso. Ignorarlo sería ignorar el propio destino, todo el propósito de una vida. De estos hay uno cada muchos.

Hernán es uno de ellos, y sabe que todos cuentan con él. Cierra los ojos y respira hondo para tomar coraje, y luego, lo más silenciosamente posible, comienza a reptar fuera de su escondrijo. Las piedras le raspan las rodillas y sabe que le van a dejar marcas, pero de eso ya se ocupará más tarde, cuando tenga tiempo. Con muchísimo cuidado, asoma apenas la cabeza y fija los ojos en su objetivo. El sudor le corre por la frente y no se atreve casi a respirar. «Un poco más, un poquito más», piensa, y ya siente ese cosquilleo familiar en la planta de los pies, prestos a salir a la carrera de un momento a otro. En este tipo de circunstancias, el cálculo lo es todo, y Hernán sabe que no puede permitirse ser menos que infalible.

Cuando el otro, distraído tal vez por el canto oportuno de un pájaro, baja la guardia, sabe que llegó el momento. Sin pensarlo dos veces, se incorpora de un salto y corre hacia la meta. El otro, alertado por los súbitos gritos de aliento de sus compañeros y en una posición todavía privilegiada, corre también en su misma dirección. A Hernán le arden las rodillas y la transpiración se le mete en los ojos, nublándole la vista, pero no le importa. En un último esfuerzo, acelera y aventaja por fin al otro, que parece reconocer la derrota cuando, resignado, frena de golpe la carrera. Hernán, sin detenerse, se abalanza contra la pared, y con una sonrisa triunfal grita para que lo escuche todo el barrio:

—¡Pica para los compas!

Cable a tierra

Hace poco tuve uno de esos días en que todo me sale mal, tan poco frecuentes en mi vida, por lo general bastante monótona y mediocre, pero que si algo tiene a favor es que suele ser tranquila. Ya venía con esa sensación de ahogo que genera la certeza de que por más de que te tires, no vas a llegar. Siempre la misma historia. Y siempre hay alguien que lo repite, por si no me hubiera quedado lo suficientemente claro. Así que me levanté, y de puro contreras, con ganas de demostrar, así como estaba terminé de repasar todo y con la cabeza hecha una ensalada me fui a rendir.

Rendí mal, obvio. Otra cosa no esperaba. A veces no sé qué pretenden de mí. Otras veces agradezco no ser capaz de cagarme a patadas. Para colmo estuve ahí metida como dos horas y media, con la cabeza explotándome y aspirando el olor del guano de murciélago, que se levantaba como en oleadas, gentileza de la humedad insoportable del verano incipiente. Todo muy higiénico; todo muy normal. Firmé la hoja y me fui a la mierda. Creo que ni releí las respuestas.

Salí puteándome un poco, para no perder la costumbre. Ni me molesté en avisar. Me pesaban las piernas y se me cerraban los ojos. Cuando llegué a la puerta me enteré de que estaba lloviendo. Y, sí. Definitivamente, Dios es un tipo con un sentido del humor extraño, pero nadie podría acusarlo de aburrido. Después del día que tuve, ¿qué era lo peor que me podía pasar? Me encogí de hombros y emprendí el camino a casa bajo la lluvia. Menos de diez cuadras pueden parecer kilómetros cuando vas saltando charcos, esquivando paraguazos y de un humor como el mío. Caminé más lentamente que de costumbre, porque a pesar de que me estaba empezando a dar frío, pensaba que la lluvia me podía lavar un poco la culpa. Como era de esperarse, eso tampoco funcionó. Resignada y empapada, crucé la última calle para llegar a mi casa. Agradecí internamente no cruzarme con ningún vecino en el palier, porque a esa altura no tenía ánimo ni para fingir una sonrisa. Abrí la puerta y me metí al departamento. Estaba hecho un caos, como siempre que me pongo a estudiar. Decidí ignorar el plato del mediodía, todavía sucio y olvidado arriba de la mesa del comedor y me dirigí a mi habitación. Prendí la computadora y me tiré en la cama. La voz de mi mamá me resonaba en la conciencia, pero decidí ignorarla. «Es mi cama y la ensucio cuando quiero». Siempre elegí las formas más estúpidas de rebelarme.

Estuve ahí tirada no sé durante cuánto tiempo, mirando el techo, humedeciendo el acolchado de lluvia y transpiración. A veces pienso con nostalgia que estaría bueno ser normal y llorar como hace todo el mundo. Después admito que si fuera así, ni yo me bancaría. Antes de que el letargo incómodo y culpable se terminara de asentar, me incorporé. La guitarra me miraba desde el rincón y yo no tenía nada mejor para hacer. La saqué de la funda y probé con un do mayor, comprobando que el calor había hecho estragos con su afinación. Ajusté un poco las clavijas y me prometí cambiar las cuerdas por octava vez en el año. Siempre me termino olvidando, por hache o por be. Me puse a tocar un poco, a sacudirme las frustraciones acumuladas de los últimos días. Después de un par de acordes, no existía nada más.

Nunca fui talentosa. Para mí es más un juguete que un instrumento musical y a veces pienso que es un despropósito que tenga que pasarse  la vida conmigo. Pero en momentos como este, no hay nada mejor que sentarse y olvidarse del mundo mientras reproducís lo mejor que podés alguna melodía. Total nadie te escucha.

No sé cuánto estuve ahí, toda mojada, machacando seis cuerdas ya de por sí deterioradas. Afuera estaba oscuro cuando miré por la ventana. El celular seguía en silencio y así se iba a quedar. Estiré los dedos. Bostecé. Cerré los ojos y los volví a abrir. Me sentía más ligera. En algún momento de las últimas horas, la culpa, la frustración y el enojo habían terminado por diluirse y me sentía en paz. Ya dije que mi vida suele ser monótona y mediocre, pero los momentos como este no abundan tampoco. Dicen que la música calma a las fieras. Qué sé yo, a lo mejor también les sirve de consuelo. La cosa es que hasta ganas de reírme tenía. Ahora que lo pienso, capaz que la falta de sueño haya tenido algo que ver también. Miré el reloj: eran las nueve y media. Guardé la guitarra y me saqué la ropa. Ni me molesté en llevarla al lavadero, la dejé ahí nomás en el piso. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente terminara de lavarme. Un rato después, estaba acostada, lista para concluir un día para el olvido.

Bostecé una vez, dos veces, tres. Se me cerraban los ojos pero no me podía dormir. Sin darme cuenta, me puse a tararear. Y mientras mis músculos empezaban a aflojarse, pensé por última vez en el día de mierda que había tenido. Me dije que por suerte estaba terminando y que mañana sólo podía mejorar. Me reí un poco de mi inédito optimismo, porque aún medio dormida soy más cínica que cualquiera. Y cuando todo se volvió oscuro y silencioso, y mi propia voz era lo único que retumbaba en mi cabeza, reconocí que a lo mejor es cierto que hay una luz que nunca se apaga. Algunos, los más románticos, la llamarán «esperanza». Yo, en cambio, le digo «música», que es casi lo mismo.

Regalo

Daniel era un buen tipo. Su mamá lo había criado como un caballero y él había aprendido. Por eso, nunca dudaba en ceder su asiento a un anciano o a una embarazada o abrirle la puerta a quien lo necesitara. Siempre decía «por favor» y «gracias», y generalmente se lo veía con una sonrisa.

Daniel era un buen tipo, y él lo sabía. Aún así, no entendía qué había hecho para merecerla. Siempre había supuesto que esta clase de milagros –porque para él, ella no era menos que un milagro– venían en recompensa de algún gesto extraordinario, de algún acto de heroísmo desinteresado, y por su vida que él no recordaba haber hecho nunca alguno de esos.

De chiquito había rescatado a un gatito que había encontrado en el monte, medio muerto de hambre y se había encargado de alimentarlo y cuidarlo hasta que el animalito finalmente mejoró. Después lo metió en una caja con agujeritos y se lo regaló a su prima, que, casi veinticinco años después, seguía diciendo que era el mejor regalo de cumpleaños que le habían dado.

Anécdotas como esa, recordaba varias. Sin embargo, ninguna tenía el peso que un hecho como este habría requerido.

Todo había empezado cuatro años atrás, cuando fue a hacerse el chequeo médico anual. El médico se le acercó con el estetoscopio, como hacía siempre y se quedó escuchando un rato. Daniel se preocupó cuando lo vio fruncir el ceño. El médico, tratando de calmarlo, lo mandó a que se hiciera unos estudios «por las dudas». A la semana, Daniel volvió con los resultados, y el ceño del médico se intensificó. Inmediatamente, lo derivó a un especialista. A partir de ese día empezó su odisea.

Tratamientos que nunca funcionaron del todo, medicamentos, pastillas, controles, y una vida completamente distinta a la que había vivido hasta ese momento. Los pronósticos no hacían más que empeorar, y él estaba por darse por vencido. Hasta que llegó ella.

Julia tenía veintiséis años, pelo castaño y ojos verdes que había heredado de su mamá. Era licenciada en Letras y fanática de Racing. Siempre había sido un poco bohemia, como solía decir su abuela, y durante la adolescencia les había dado más de un dolor de cabeza a sus padres. Sin embargo, todo había cambiado cuando empezó la facultad, donde fue una alumna ejemplar durante toda la carrera.

Julia amaba aprender, amaba enseñar y amaba vivir.

Mientras tanto, Daniel se iba quedando sin opciones. Los médicos se ponían cada vez más serios cuando lo veían llegar a sus controles de rutina. No le hacía falta ser psíquico para darse cuenta de que no le quedaba mucho tiempo.

Era una noche de verano. La luna se veía enorme, redonda y brillante a la distancia. Julia salió del restaurante y se despidió de sus amigos. Subió al auto y prendió la radio, que estaba fija en su estación preferida. Se puso el cinturón de seguridad y emprendió el camino a su casa. Unas cuadras más adelante, mientras tarareaba al ritmo de la música, frenó en el semáforo. Esperó pacientemente hasta que la luz se puso en verde y aceleró. Nada la podría haber preparado para reaccionar cuando sintió la embestida de la camioneta.

Se despertó de golpe y vio que estaba rodeado de batas blancas y estetoscopios, lo que no era raro. Pero esta vez, parada en el umbral de la puerta, su hermana sonreía como no la había visto sonreír en mucho tiempo. Cuando por fin fue capaz de entender lo que los médicos estaban diciendo, suspiró aliviado. Por primera vez en años, supo que todo iba a estar bien.

Un tiempo después, ya recuperado, Daniel quiso conocerla. Después de todo, era gracias a ella que él estaba vivo. Caminó lentamente hasta su tumba, donde alguien había dejado flores recientemente.

Con una sonrisa, recorrió con su mano derecha la larga cicatriz que los puntos le habían dejado en el pecho. Cómo le habría gustado poder hablar con ella, contarle lo agradecido que estaba. En cambio, se contentó con agacharse y dejar el ramo de rosas sobre el césped todavía húmedo por el rocío de la mañana. «Gracias», murmuró, y su susurro se perdió en el viento. Donde sea que estuviera, esperaba que pudiera escucharlo, porque ella le había hecho el regalo más hermoso. Sin siquiera conocerlo, Julia le había regalado su corazón.

30 de mayo, Día Nacional de la Donación de Órganos y Tejidos

 

Felicidad

Estaba sentado en el piso del pasillo de su casa, con la cabeza enterrada en las manos. Escuchaba el tictac del reloj, que parecía ir más lento que nunca. La ansiedad le carcomía los nervios y el corazón le latía en la boca. Por fin se abrió la puerta y ella salió del baño con el test en la mano.

—Es positivo –dijo.

Shock.

Tictac, tictac.

La sonrisa le creció del pecho hasta la cara.