Corazón

Creeme que yo no quería lastimarte, corazón. Vos no sabés lo que te amo, haría cualquier cosa por vos. No podés dejarme. ¿Vos pensás que nosotros valemos algo si no estamos juntos? Dejame decirte que solos, cada uno por su lado, no somos nada. Estar sin vos es como andar por la vida viendo todo a través de un vidrio empañado. Nada tiene forma; nada tiene sentido. Pero en el momento en que sé que vos estás acá al lado mío, todo cambia. Cuando me das la mano las formas borrosas empiezan a aclararse, cuando me sonreís los colores se vuelven más nítidos. Y para vos es igual aunque intentes negarlo. Yo sé que me mando cagadas todo el tiempo y que no soy perfecto, pero ¿quién lo es, la verdad? Yo soy perfecto para vos y vos sos perfecta para mí, de eso no cabe duda y con eso nos alcanza.

¿Y qué si de vez en cuando nos peleamos? Todo el mundo discute. No podés pretender que estemos siempre de acuerdo y sabés que tengo un carácter jodido y que enseguida me caliento y reacciono mal, vos lo sabés y también tendrías que hacer algo para evitarlo. Es injusto que me eches toda la culpa a mí cuando vos hacés todo lo posible para provocarme. Y a veces, como ahora, te lastimo, pero te juro que no es mi intención, corazón, yo te amo y eso nunca va a cambiar.

¿Sabés la cantidad de veces que pensé en cortarla acá nomás? Traté de convencerme de que dejarte ir era lo mejor, pero no pude porque estaba equivocado. Y es que, como te dije, somos el uno para el otro. A mí me cansan tus berrinches como a vos te cansa mi carácter de mierda. ¿Ves que es lo mismo? Los dos cometemos errores y lo principal y más importante es admitirlo, por algo se empieza. Yo me equivoqué, corazón, no tengo miedo de decirlo en voz alta porque soy bien hombre y me la banco. Me equivoqué un millón de veces, y me seguiría equivocando si después de pedirte perdón y arrastrarme como el gusano que puedo ser vos seguís abriéndome los brazos y envolviéndome con fuerza. Ese momento, ese lugar, son el Cielo para mí. Puedo ser la peor basura del mundo, pero en tus brazos soy bueno y valiente y grande.

Yo sé que a veces se me va la mano, pero qué querés que haga. Vos conocés todos mis botones y no tenés reparos en pulsarlos cuando más te place. Y yo lo sé pero te dejo, y te dejo porque sé que a vos también te gusta ese papel, el de tenerme siempre en vilo hasta que por fin cedés y volvés a abrirme la puerta.

Yo no quería lastimarte, te repito, pero a veces no me dejás otra opción. A veces creo que tengo que lastimarte un poco para que te des cuenta de lo que significás para mí. Pero eso no es nada comparado con el infierno que paso yo cada vez que te hago daño. Te juro que es insoportable. A veces, en esos momentos, siento que abandono mi cuerpo por unos instantes y me veo como desde arriba, haciendo cosas que nunca imaginé que haría, que te haría justo a vos, corazón, y me destruye, te juro que me destruye. Después me siento una mierda, pero es que no es fácil sentir todas estas cosas.

Y es que creo que si me llegás a faltar me muero. Mirá, se me pone la piel de gallina de sólo pensarlo. ¿Qué haría sin vos, nena? ¿Qué haría si no pudiera verte todos los días? Nada. La respuesta es nada. No sería nada. Yo creo que me hacés más falta que el oxígeno, fijate vos lo que te estoy diciendo.

Yo no quería lastimarte, corazón, y ahora tengo que explicarles esto a ellos, y sé que no me van a entender, porque no me conocen como vos. Estoy convencido de que vos naciste para perdonar todas y cada una de mis cagadas, pero ellos no lo van a entender. No hay manera de que entiendan que esto es normal para nosotros. Que es como una forma de decir te quiero, porque sé que me querés y vos sabés que yo te quiero más que a mi propia vida. Pero ¿cómo les explicamos? ¿Cómo les decimos que nuestro amor va más allá de esto, de los detalles, de los contextos, de lo que ellos mismos entienden por amor? Y digo entienden pero en realidad estoy siendo generoso porque ellos de amor no entienden nada. Ellos no conciben un arrepentimiento como el mío y tu perdón sin condiciones. El amor que ellos conocen es mezquino, es limitado, no como el nuestro que puede superar cualquier cosa.

Yo te lastimé, corazón, pero no fue a propósito, de eso podés estar segura. Y ahora ellos me vienen con estas pavadas; si los escucharas te reirías, te juro. Se está haciendo tarde, corazón. Dale, levantate, abrí los ojos y perdoname una vez más, antes de que me lleven de nuevo. Hoy tengo un mal presentimiento y creo que vamos a pasar un tiempo sin vernos. Me vas a esperar, ¿cierto, nena? Dale que el bebé está llorando, me parece que tiene hambre y hay sirenas y tu vieja llora también y yo ya no entiendo nada. Estás ahí quieta, como desmayada pero yo sé que no fue para tanto. Despertate que me vienen a llevar y yo quiero despedirme. Te juro que cuando vuelva todo va a ser distinto, te voy a comprar flores y un vidrio nuevo para la mesita del living. Dale, nena, que afuera es de noche y están gritando cosas y me parece que no nos van a dejar despedirnos si no te levantás ahora y me das un abrazo. Pero ves, yo te dije que no había tiempo, no sé qué se creen estos que no me dejan ni darte un beso con las ganas que tenía. Pero te juro que desde hoy soy un hombre nuevo. Esperame, tenés que prometerme que me vas a esperar. No me dejes, corazón, no me dejes. Te juro que puedo cambiar.

Grecia

Hace unos años –en enero de 2011, si no me falla la memoria– decidí hacer un curso de mitología y cultura vikinga a cargo de un profesor bastante conocido de Rosario. Las reuniones tenían lugar los miércoles a las siete de la tarde en un restaurante griego de la calle Corrientes al que nunca volví, a pesar de haber prometido lo contrario, y que hoy me parece espacioso y amarillo, aunque  puede ser que el recuerdo me engañe. La asistencia estaba constituida principalmente por señoras jubiladas que buscaban algo con qué entretenerse durante esas tardecitas de verano en las que en realidad no había mucho más para hacer y solamente dos o tres jóvenes, entre los que me encontraba yo, con mis veintiún años y la insaciable curiosidad que me había llevado a anotarme en primer lugar.

Fue así que durante tres meses y cada quince días, nos encontramos en este restaurante donde el profesor –un helenista erudito que había elegido el tema de los germanos como hobby, según él mismo confesó alguna vez– impartía las clases que, si bien eran bastante técnicas y colmadas de contenido, no dejaban de tener un cierto aire informal que permitía que los que conformábamos el reducido auditorio nos relajáramos y sintiéramos como en casa. Éramos siempre alrededor de diez o doce personas, la mayoría mujeres, y nos sentábamos en mesas individuales a escuchar acerca del Ginnungagap y los dioses Ases y Vanes y cómo esta cosmogonía particular permite comprender a la perfección la mentalidad germánica, tan admirable pero a la vez tan diferente de la nuestra.

A medida que fue pasando el tiempo, las reuniones adquirieron un carácter más íntimo, por lo que después de las clases solíamos quedarnos comentando experiencias e impresiones personales que muchas veces trascendían el tema que nos congregaba. Ya desde el inicio del curso, el profesor nos había comentado que el Centro de Investigaciones al que pertenecía organizaba viajes temáticos destinados a recorrer los lugares relacionados con los cursos incluidos en el currículo, y nos había invitado a realizar un crucero que visitaría siete países para complementar lo aprendido. De más está decir que jamás habría podido aprovecharlo, aunque la posibilidad de hacer un viaje de esas características siempre me pareció sumamente atractiva.

Una de esas tardes, ya finalizada la charla del día, alguien consultó acerca de la fecha límite para señar un viaje a Grecia, lo que despertó la curiosidad de otras personas y terminó con el profesor detallando cada uno de los destinos previstos. Varias de las señoras quedaron encantadas y manifestaron su interés en realizarlo a pesar de no asistir necesariamente al curso correspondiente, y él les aseguró que no existía inconveniente para que así lo hicieran. Una de ellas, sin embargo, permanecía callada y un poco apartada del grupo. Cuando sus amigas la indagaron al respecto, contestó que no le interesaba.

Muchos nos sorprendimos con su respuesta, pero no dijimos nada. Sólo el profesor, que parecía ofendido por el desinterés manifestado, le preguntó por qué.

—Mi marido era un apasionado de Grecia, y ése iba a ser el viaje de su vida —respondió con timidez—. Quería conocer todos los sitios históricos y en su tiempo libre se dedicaba a dibujar con plumín y tinta china mapas de los lugares que esperaba visitar. —Visiblemente conmovida, continuó—. Lamentablemente murió antes de poder hacerlo y yo no quiero ir sin él.

Después de escuchar su respuesta nos quedamos en silencio durante unos instantes sin saber muy bien qué decir. Finalmente y como es lógico, la conversación se reanudó y me atrevería a decir con cierta vergüenza que pronto nos olvidamos incluso de que había ocurrido.

Esta madrugada, mientras intentaba dormir, el azar quiso que recordara esta historia. No sé qué fue de la gente que conocí aquel verano y me haría falta repasar un poco de mitología vikinga porque hay mucho que he olvidado, sin embargo fui capaz de evocar ese momento como si hubiese ocurrido ayer, y no hace más de cuatro años. Unas horas más tarde me levanté con un nudo en la garganta, pensando en los sueños de un hombre que no conocí y en su esposa, cuyo nombre nunca supe. Seguramente él creyó que tenía todo el tiempo del mundo para cumplirlos, porque por alguna razón es muy propio de los mortales sentirnos eternos e intocables. Pero por esas cosas de la vida, se terminó yendo antes de lo previsto, llevándose consigo todos sus planes y esperanzas, y como en definitiva los asuntos pendientes nos pesan únicamente a los vivos, a ella sólo le quedaron unos mapas trazados cuidadosamente con tinta china, y la certeza de que ya no quería conocer Grecia sin él.

Multiverso

Yo no entiendo mucho de esos temas científicos, vos me conocés mejor que nadie y sabés que la lengua se me traba cuando quiero hablar de átomos y partículas y empiezo a mezclar conceptos hasta que no me queda otra que reírme de mi propia estupidez. Pero vos sabés que el otro día medio cacé al vuelo algo que un par de estudiantes de alguna carrera dificilísima estaba discutiendo en el bar de la esquina y me quedé pensando mucho, tanto que más tarde me dio un dolor de cabeza tal que me tuve que tomar un analgésico y derechito a la cama. Al día siguiente me levanté fresca como una lechuga y seguí con mi vida normalmente y no fue hasta recién, que escuché tu nombre por accidente que me puse a pensar de nuevo. En realidad no era tu nombre, era el de alguien que se llama como vos, por eso a mí no me suena totalmente como el tuyo (porque para mí el tuyo siempre va a ser distinto), pero no me quiero desviar mucho del tema porque te quería decir algunas cosas antes de que me vuelva el dolor de cabeza y tenga que cambiar el ataque de sinceridad por unas pastillas y el sueño.

Mirá, quiero ser lo más sucinta posible así no te distraigo de lo que sea que estés haciendo, que seguro es más importante que esto que tengo que decir porque ya pasó el momento y ya ni te acordás de algunas cosas y capaz que ni de mí, pero bueno, yo lo digo y vos de última elegí si le prestás atención o lo dejás pasar que no me voy a ofender porque sé que tiendo a hablar y hablar sin parar y a veces me cuesta llegar al centro de la cuestión.

Lo que estos estudiantes comentaban es que hay una teoría que dice que en realidad el nuestro no es el único universo, y que hay otros paralelos con sus propias líneas temporales (o al menos creo que ese es el término que usaron). Al principio pensé que estaban hablando de una película de ciencia ficción y seguí tomando mi café negro amargo como me gusta a mí sin prestarles demasiada atención. Pero en seguida dijeron algo así como que en cada uno de esos universos hay una versión de nosotros mismos, sólo que distinta supongo que por esto de las líneas temporales. Después empezaron con los agujeros negros y no sé qué cosa y ya me perdí, pero viste que cuando algo me queda en la cabeza como que empieza a maquinar sola y yo solamente puedo rezar para que pare antes de que se atasquen los engranajes y empiece a echar humo y me vuelva a doler.

Como te dije antes, pasaron unos días hasta que hace un ratito nomás una señora retó al nene llamándolo por su nombre de pila y bueno, el resto ya te lo expliqué: por alguna razón conecté ese nombre igual al tuyo pero que no es el tuyo con esto de los universos y empecé a imaginar que existían muchas copias de vos, pero que no eras vos porque están en otro lado. Y si hay muchos vos, hay muchas yo y muchos todos, no sé si me seguís.

Y qué sé yo. Mirá si en esos universos nunca coincidimos, porque vos justo te agachaste para atarte los cordones cuando yo te pasaba por al lado o yo decidí quedarme un rato más en la cama o ese día los dos teníamos turnos en diferentes dentistas, uno en cada punta de la ciudad. Mirá si al final yo me acobardaba y ponía una excusa para no ir a esa cita concertada por Internet y me quedaba viendo series y comiendo helado. Y mirá si vos me veías desde la ventanilla empañada del colectivo y no te gustaba y seguías de largo para bajarte tres cuadras más allá y volverte a tu casa. Hay tantas posibilidades que si sigo enumerándolas no termino más.

Pero también hay de las otras, sabés, y creeme que esas no son tan fáciles de imaginar. Sobre todo porque ya lo hice en su momento y ya debería parar y tanta agua bajo el puente y etcétera etcétera.

Pero imaginate sólo por un segundo que en uno de esos mundos yo te abrazaba un poquito más, o con más fuerza. Que en vez de mezquinarte las sonrisas te las regalaba abiertamente. O que un día me levantaba cruzada y se me daba por dejarte primero. Imaginate que una yo (o una de mí, no estoy segura de cuál es la construcción gramatical correcta) menos racional y mucho menos orgullosa te decía todo así sin pelos en la lengua o lloraba si era necesario llorar o se daba vuelta a mitad de cuadra para pispear si te habías quedado mirando cómo me iba. O quizá no decía nada y te olvidaba al otro día sin mayor escándalo. Imaginate que en algún mundo igual pero distinto vos me dabas algo más de tiempo para acostumbrarme. O que nunca me decías nada de nada y eso que había entre nosotros se iba agotando poco a poco, como se marchita una flor.

Ya mencioné antes que a lo mejor no te iba a gustar escuchar todas estas cosas y la verdad es que no te culpo, pero si no las digo ahora no las digo nunca más y estoy un poco harta de andar guardándome todo. En realidad estas divagaciones no tienen más sentido práctico que el de la catarsis lisa y llana, porque nunca vamos a saber si hay más universos que este, y aun si se probara alguna vez sería irrelevante para vos y para mí y para todos los que estamos acá. Pero tengo que confesarte que pensar en todas esas variables me hace sentir un poquitito mejor. Ni yo sé explicarlo muy bien, pero saber que tal vez todas esas cosas pueden haber pasado me hace tener algo de esperanza. Porque si hay aunque sea una sola versión de mí capaz de olvidarte, entonces significa que hay alguna otra que no ha tenido que hacerlo, y otra que nunca te conoció ni tuvo que llorar lo que yo, y otra que seguramente lo hará más adelante.

Y si por alguna de esas casualidades en algún lugar recóndito del cosmos vos todavía me querés y seguís disfrutando de los domingos en mi compañía; si todavía te me acercás por detrás para abrazarme de repente y mi cepillo de dientes sigue ahí donde vos decidiste ponerlo, entonces hoy me puedo ir a dormir un poco más tranquila, porque ésa es al menos una consciencia con la que ya no tendré que cargar, o por lo menos por ahora.

State of mind

Esta mañana no sonó el despertador. Al menos eso creo. Pude haberlo apagado en el estado de semiinconsciencia en que sin duda me encontraba después de escasas horas de descanso, pero no tengo forma de saberlo con certeza. Cada vez se me hace más difícil conciliar el sueño, y cuando lo consigo, usualmente después de dar mil vueltas en el viejo colchón desnudo, me resulta imposible abandonar la cama. De todas maneras, tampoco tenía que estar en ningún lado. Esto del desempleo tiene algunos beneficios después de todo.

Siento la cabeza embotada a causa de la resaca y no puedo recordar con claridad cuándo fue la última vez que comí algo. Definitivamente no es mi día. Y la puta lluvia que no ayuda.

De pie frente a la ventana y con el estómago hecho un nudo, enciendo un cigarrillo al tiempo que un rayo corta el cielo, interrumpiendo momentáneamente la insólita negrura de la tarde. El silbido del viento produce un efecto casi hipnótico y permanezco allí sin saber muy bien durante cuánto tiempo, contemplando el espectáculo. Hacía tiempo que no veía una tormenta como esta. La lluvia forma una gruesa cortina a través de la que apenas alcanzan a adivinarse las siluetas de los edificios vecinos. La calle está vacía y el agua sube hasta las veredas, lamiendo impúdicamente las baldosas desparejas. Las copas de los árboles se agitan de un lado a otro y da la impresión de que el viento podría llegar a arrancarlos de raíz si así lo quisiera. Es maravilloso y a la vez aterrador presenciar el poder crudo y a veces despiadado de la naturaleza en todo su esplendor. A pesar de excitar sobremanera mi costado melancólico, debo admitir que constituye un agradable cambio de ritmo en la rutina. Mi mano se estira como si fuera un ente separado de mi cuerpo y dotado de voluntad propia en busca de otro cigarrillo, en una suerte de patético déjà vu, vano intento de apaciguar mis ansiedades. Qué sé yo. Todo el mundo tiene formas distintas de lidiar con la realidad.

La realidad. Mi realidad. Mi realidad es esta. Día tras día, cigarrillo tras cigarrillo, siempre esperando algo que sé que no va a llegar.

A veces me pregunto si la mía es la única vida que parece vacía y falta de emociones. O tal vez es que soy incapaz de reconocerlas. Quizá hay algo mal en mí, algún circuito mal conectado, alguna avería en mi sistema que no me permite ver los detalles que supuestamente hacen a la felicidad. Tal vez exista algún secreto que todavía no me ha sido revelado acerca de cómo alcanzar ese estado supremo en el que todos parecen vivir sin problemas, sin preocupaciones, sin tardes de mierda como esta.

O tal vez –sólo tal vez– es todo una gran mentira. Son los otros quienes fingen ser felices sólo porque es lo que se espera de nosotros. Se nos mete en la cabeza que debemos aspirar a tener la familia perfecta, el trabajo perfecto, la casa, los perros y sonreír; sonreír siempre, sonreír mucho. Sonreír mientras vivimos el sueño de otro. Tal vez es que están demasiado asustados como para reconocerse desdichados y banales en un mundo donde la sobreexposición de los éxitos es la norma, mientras que las miserias se esconden, como si esa parte de nosotros no fuera igual de importante para definirnos, para determinar quiénes somos.

Tal vez el miedo más grande sea descubrir que, al final del día y sin importar todo lo que hayamos conseguido, siempre estamos solos. Y que tal vez la vida sea sólo esto: fumar un cigarrillo tras otro, a la espera de que ambos se consuman –metáfora de mierda, lo sé, pero lo mío no es la literatura elegante– mientras miramos a través de una ventana empañada, intentando distinguir las formas de lo ajeno; mientras extendemos los brazos en un absurdo intento de tocar al otro, por siempre alejado de nosotros por una barrera tan invisible como insalvable. Gritar nuestras verdades al mundo con la esperanza de que no sean tan distorsionadas por la pared infranqueable que nos separa. Con la ilusión de que alguien, entre el ruido y el caos, las escuche y las comprenda. De que la mirada del otro se pose sobre nosotros y confirme finalmente nuestra existencia. Es el mensaje en la botella moderno que enviamos desde nuestras pequeñas islas particulares. Es el deseo descarnado de ser vistos, de ser descubiertos, de ser tenidos en cuenta, aunque en el fondo todos estemos irremediablemente solos. A lo mejor la vida se trata simplemente de aceptar esto y hacer nuestro mejor intento.

Ya no sé lo que digo. Quizá todo sea un sueño. Aplasto lo que queda del cigarrillo y me alejo de la ventana. Quizá todo sea distinto cuando salga el sol.

Sueño

Hoy me levanté en paz. Todo había empezado hará cosa de un año. Las primeras veces me levanté inquieta, incluso un poco alterada. Después me fui acostumbrando, aunque esas sensaciones nunca me abandonaron del todo. Tres o cuatro veces por mes, durante un año, el mismo sueño vino a trastornarme el descanso.

En realidad era bastante simple: abría los ojos en mitad de la noche, sólo para encontrar que ya no estaba en mi cama sino en un cuartito desconocido, acostada en un catre que ocupaba el centro de la reducida habitación. Las paredes, el piso, el techo, todo era gris, lo mismo que el colchón finito e incómodo de aquella cama improvisada. La única puerta estaba abierta, pero la luz que iluminaba el cuarto provenía de la ventana sellada ubicada en la pared que daba claramente a la calle, lejos de mi alcance. Más allá de la puerta no había más que oscuridad.

Después de haber efectuado ese primer reconocimiento, me sentaba en la cama, todavía un poco atontada, y el frío del cemento entrando en contacto con mis pies me avisaba que estaba descalza. Era en ese momento también en que me daba cuenta de que estaba completamente desnuda. Es un mal bicho el inconsciente, que disfruta dejándote expuesta de todas las formas posibles, algunas más literales que otras. Estaba, entonces, en un lugar desconocido, como Dios me trajo al mundo. Como no había nada en la habitación que pudiera usar para taparme –como dije antes, sólo había un catre y un colchón sin sábanas–, me acercaba con cuidado y tiritando un poco a la puerta. El silencio y la oscuridad me confirmaban que estaba sola. En el momento en que ponía un pie en el umbral, se encendía una luz que me cegaba momentáneamente, pero que dejaba ver lo que parecía ser un corredor interminable. No había nada más, sólo ese pasillo eterno por el que no habrían podido circular dos personas a la vez. Sin otra opción a mi alcance, empezaba a caminar, esperando que algo o alguien saliera de las paredes al mejor estilo de una casa del terror –porque la primera vez estaba segura de que no me encontraba en un sueño, sino en una pesadilla–, pero no pasaba nada.

De vez en cuando había un charco en el piso que no me molestaba en esquivar, y entonces el agua sucia salpicaba mis piernas y las paredes grises, siempre grises. En esa dimensión existíamos solamente el pasillo, algún que otro charco y yo. Así pasaba no sé cuánto tiempo, hasta que por fin llegaba al final y me encontraba con una puerta. Una puerta de madera que no tenía nada de especial, dicho sea de paso. Pero yo me quedaba ahí, paralizada, incapaz de abrirla. Desde algún lugar me llegaba el distante tictac de un reloj, que no hacía otra cosa más que contribuir a mi ansiedad. No puedo explicar lo que me pasaba por la cabeza estando frente a esa puerta. Sabía que no la podía abrir. Sabía que en el momento en que mi mano se apoyara sobre el picaporte, me iba a quemar. Así que me quedaba clavada en el mismo lugar, mirándola hasta que sonaba el despertador o el ronquido de algún compañero de cama ocasional me devolvía bruscamente a la vigilia.

Ya dije que las primeras veces me desperté con esa sensación incómoda y a la vez indescriptible que me provocaba el sueño. Llegué a confiárselo a mi psicólogo, pero cuando escuché la palabra “anal” decidí que era un buen momento para abandonar la terapia. Nunca fui buena para descifrar sentidos ocultos en las cosas, por lo que nunca terminé de entender qué era lo que mi inconsciente pretendía hacerme saber a través de este particular escenario onírico. A la cuarta o quinta vez, me di por vencida.

Pero hoy, como anticipé anteriormente, me levanté en paz. Aclaro que el sueño nunca había cambiado antes. Todo, hasta el más ínfimo detalle se repetía mecánicamente. El cuarto, el catre, las paredes grises, la ventana, el piso frío, yo desnuda, la luz, el corredor, los charcos, el tictac del reloj invisible, la puerta y mi imposibilidad de abrirla, ésa era siempre la secuencia inmutable que seguía después de abrir los ojos. Pero anoche fue distinto. Otra vez me encontré en el cuartito gris, con la misma ventana sellada lejos de mi alcance y en el mismo catre. Cuando apoyé los pies en el piso, no sentí frío. Confundida, miré hacia abajo y descubrí con cierto alivio que estaba vestida. Me acerqué titubeante, como tantas veces, al umbral de la puerta y la misma luz se encendió con la misma intensidad de siempre. Emprendí el camino por el interminable corredor, esta vez esquivando los charcos, que parecían menos que de costumbre. Creo que en un momento hasta escuché música, pero no estoy segura. Dicen que solemos agregarle a los sueños detalles que en realidad nunca suceden, y creo que este podría ser uno de ellos. De cualquier manera, lo importante es que caminé hasta que me encontré nuevamente frente a la puerta de madera.

Noté que a mi izquierda se había materializado en algún momento un reloj enorme, más alto que yo, cuyo péndulo oscilante emitía un sonido más intenso que aquel que había escuchado como a la distancia en las ocasiones anteriores. En el último año había estado en ese mismo lugar más de treinta veces, con la transpiración corriéndome por la espalda desnuda, la sangre palpitándome en las sienes, mi respiración sincronizándose con el ominoso tictac de un reloj que nunca había podido ver hasta hoy. Más de treinta veces en el último año me había repetido hasta el hartazgo que si tan siquiera me atrevía a rozar ese picaporte, me iba a quemar, pero no como uno se quema con la plancha o con la puerta del horno, sino que me iba a quemar en serio, como si fuera a ser víctima de una combustión espontánea, y por eso me había quedado ahí, con la vista fija en la puerta durante lo que parecían horas y horas hasta que por fin me despertaba.

Esta vez, sin embargo, esa certeza me había abandonado. Me encontraba ahí, retorciéndome las manos de los nervios, porque por primera vez no sabía qué iba a pasar en este escenario relativamente nuevo. No sé cuánto estuve ahí parada, y aunque lo supiera no serviría a los fines de este relato porque todos sabemos que el tiempo en los sueños no transcurre como en la vigilia, pero en un determinado momento, tomé una decisión. Recuerdo que el reloj estaba a punto de dar las seis (¿de la tarde? ¿de la mañana?) y que respiré hondo un par de veces para calmarme. Tentativamente, estiré el brazo hasta casi tocar la puerta. No pasó nada. Con cuidado y con todos los sentidos en alerta, seguí estirándolo hasta que mi mano entró en contacto con la tosca madera. Recorrí lentamente sus vetas con mis dedos, familiarizándome con el tacto tan simple pero a la vez tan complejo que suelen tener las primeras veces. Sin darme cuenta, me encontré aferrando el picaporte. Cuando lo noté, mi primer reflejo fue alejarme de la puerta y soltarlo, pero no pude. No hubo chispa, ni patada, ni nada, simplemente no pude soltarlo. Quedaba una sola opción y era la que se me había negado durante todo un año.

Cerré los ojos y volví a respirar hondo. Cuando los abrí, el reloj, las paredes y el pasillo habían desaparecido, pero apenas lo noté. Lo único que quedaba, lo único que existía era lo que tenía enfrente de mí. Todo el cuerpo me temblaba con anticipación, pero aun así, inexplicablemente se me dio por sonreír. Mi otra mano fue a posarse suavemente sobre la que sostenía el picaporte y giró. Abrí la puerta. Del otro lado, esperándome, estabas vos.

Caída libre

Todo empezó un jueves a la mañana. Lo que ya de por sí es curioso, porque no hay muchas cosas que empiecen los jueves. El jueves es, por lo general, sólo un día más en la semana. Pero para el señor Echeverría, el jueves marcó el inicio del infierno. Desde que abrió los ojos supo que algo andaba mal, aunque, todavía medio dormido, no podía adivinar qué era. Una luz tenue se colaba por las rendijas de la persiana medio levantada y la cortina, ondulante, proyectaba sombras amorfas en el cubrecama. El señor Echeverría parpadeó una vez, dos veces, tres, tratando de aclarar su conciencia y de abandonar definitivamente el estado de sopor en el que se encontraba. Cuando por fin logró despertarse del todo, notó un leve zumbido en su oído izquierdo. Sin darle mayor importancia, se vistió y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno.

El señor Echeverría era un animal de costumbres. Desde que su esposa había muerto hacía cinco años a causa de un cáncer de mama que el médico había tardado en diagnosticar, se levantaba todos los días a la misma hora y su rutina permanecía inalterable. Desayunar, leer el diario, ir a trabajar. Se desempeñaba como contador de una gran empresa dedicada a vender insumos de oficina, por lo que su trabajo era bastante aburrido, sin embargo, nunca se quejaba y ponía toda su dedicación en la realización de inventarios y demás tareas que le habían asignado. Era, para cualquiera que lo hubiera tratado, el empleado perfecto. Sus compañeros lo estimaban, aunque ninguno podía considerarse su amigo. A pesar de que hacía más de veinte años que trabajaban juntos, mantenían un trato cortés pero reservado, y todos estaban conformes con esa suerte de acuerdo tácito. Una vez que cumplía con su horario, el señor Echeverría volvía a su casa. Allí, después de merendar y dependiendo de las condiciones climáticas, se dedicaba a la jardinería, un hobby que había compartido con su mujer hasta que ella había enfermado; leía alguna novela negra o miraba algo de televisión. Cerca de las ocho de la noche se bañaba, comía una cena liviana y se iba a acostar. Su vida no era de lo más interesante, pero le bastaba para ser relativamente feliz. Claro que hablar de felicidad habiendo perdido a su esposa le parecía nada menos que una locura, pero se las arreglaba.

Las noches eran lo peor. Las dos semanas posteriores al funeral había dormido en el sofá del living, porque se sentía incapaz de conciliar el sueño en la cama que había compartido con ella durante veintitrés años. Si bien no había dormido mucho tampoco, al cabo de ese tiempo decidió que, dado que no iba a necesitar dos plazas para él solo, lo conveniente era comprar una individual. Así que se deshizo de su cama matrimonial y, a partir de ese momento, durmió en una de una sola plaza. El señor Echeverría nunca había sido una persona muy sociable, y podía contar a sus amigos con los dedos de una mano. Pero su verdadera roca había sido siempre su mujer, y sabía que nunca iba a poder recuperarse de su pérdida. Por lo que focalizó su atención en lo que sí podía hacer, como dedicarle más tiempo a ciertas cosas que había descuidado a lo largo de los años. En poco tiempo había levantado un invernadero en su patio y contaba con variedades que muchos viveros habrían envidiado. Los días de lluvia leía o escuchaba algún disco de música clásica, la única que lograba relajarlo. Pero una vez que terminaba el día y tenía que volver a esa habitación oscura y solitaria, solía quedarse despierto, mirando el techo durante horas, preguntándose una y otra vez cuál era el sentido de todo.

Ese jueves, al llegar la noche, el señor Echeverría yacía despierto mirando el techo, pero sin preguntarse nada. Era el maldito zumbido el que no lo dejaba dormir.

Pasados unos días, y habiendo asumido que el zumbido no iba a desaparecer, sino que parecía intensificarse de a ratos, decidió recurrir a un especialista. Éste le recetó una batería de estudios que terminaron dando negativo. Según el médico, no había ninguna cuestión física que pudiera estar causando aquel sonido tan molesto en el oído, y le recomendó ver a un psicólogo.

Por su naturaleza reservada, el señor Echeverría siempre había evitado a los psicólogos. No entendía qué beneficio podía obtener de ponerse a hablar de cosas privadas con un extraño. Pero, desesperado como estaba, decidió que no tenía nada que perder y concertó una cita con el terapeuta que el médico le había indicado. Como había anticipado, fue un verdadero desastre. ¿Qué tenía que ver un zumbido que le había aparecido de un día para el otro a los cincuenta años de edad con la relación que había tenido con su madre durante la adolescencia? Irritado, abandonó la consulta jurando no volver a pisarla nunca más.

Pasaron las semanas y las cosas no hicieron más que empeorar. Apenas conseguía dormir por las noches, lo que se reflejaba en su humor durante el día. Él, que en veinte años apenas había cruzado palabra con sus compañeros de trabajo, ahora discutía por cualquier nimiedad. Casi se había agarrado a las trompadas porque alguien había tomado prestada la abrochadora de su escritorio sin pedirle permiso, pero al ver la mirada asustada que le dirigió su secretaria cuando se abalanzaba sobre el joven pasante, logró a duras penas reprimir su impulso.

 Al cabo de un tiempo, incluso su jefe había notado lo errático de su conducta y lo llamó a su oficina para pedirle explicaciones. Es que estoy teniendo problemas para dormir. No pensaba explicarle que desde hacía tres semanas, un insignificante zumbido había vuelto su vida un infierno. Su jefe, lejos de mostrarse comprensivo, le pidió que resolviera sus problemas personales en su tiempo libre mientras lo miraba con expresión ceñuda y le ordenó que volviera al trabajo, no sin antes advertirle que, si continuaba alterándose por nada no le dejaría otra opción que despedirlo. El señor Echeverría asintió, tratando de ignorar a toda costa el nudo caliente que le tensaba el estómago, y salió dando un portazo. El lunes siguiente, un telegrama le informaba que, desde allí en adelante, no era necesario que se presentase a trabajar. Hizo un bollo con él y lo arrojó, sin más, al tacho de basura.

Era consciente de que todo su mundo se estaba viniendo abajo, pero no sabía qué hacer. Desesperado, consultó a otro especialista, pero recibió la misma respuesta que antes. El médico aseguraba que la causa debía tener un origen psíquico y lo derivó a un psiquiatra, que tampoco fue capaz de darle una respuesta concreta. Todos sus esfuerzos fueron inútiles, y tenía la impresión de que el zumbido no hacía más que agravarse. De noche pensaba que iba a volverse loco. Había comprado un reproductor de música portátil con la esperanza de que, al ponerse los auriculares, la música tapara el ruido y le permitiera relajarse, pero no había dado resultado. El hecho de no poder descansar no sólo le había alterado el humor, sino que tampoco tenía apetito. Ya no salía de su casa porque no tenía que ir a trabajar y porque temía lo que era capaz de hacer. Las plantas de su invernadero estaban marchitas porque hacía semanas que había dejado de prestarles atención. Hasta había dejado de bañarse y en su cocina se apilaban platos medio sucios, con restos de comida que las moscas parecían agradecer. Ya no dedicaba las noches a reflexionar, sino que lloraba hasta que, de vez en cuando, lograba quedarse dormido.

Era, casualmente, jueves, cuando cayó extenuado en su cama, sin siquiera quitarse la ropa que había usado durante el día. Llevaba despierto más de una semana y apenas había probado bocado en todo ese tiempo. Por primera vez en meses, soñó. En el sueño se encontraba con su mujer, que lo reprendía cariñosamente por haber descuidado sus plantas. Él le prometía que volvería a dedicarse a ellas cuando el zumbido hubiera cesado. Es casi peor que extrañarte, le decía él, y lloraba mientras ella le acariciaba la cabeza y le decía que lo quería. A lo lejos, comenzó a oír un ladrido, que fue haciéndose cada vez más nítido hasta que terminó despertándose. Se incorporó en la cama. El ladrido provenía del patio de su vecino, que había regalado un cachorro de labrador a su hijo por su cumpleaños, y era eso, sin lugar a dudas, lo que había interrumpido su sueño. Ciego de ira, se dirigió a la casa de su vecino y comenzó a aporrear la puerta. Eran cerca de las cuatro de la mañana y el cielo estaba negro. Probablemente llovería de un momento a otro, y nadie venía a abrirle. Otro vecino, a quien debía de haber despertado con su incursión nocturna, salió a la vereda y le dijo de mala manera que los Carranza habían viajado de urgencia el día anterior. Algo de una abuela enferma o cosa por el estilo. El señor Echeverría asintió y volvió a su casa. ¿Qué clase de idiota se va de viaje y deja solo a un cachorro? Volvió a su habitación, pero ni siquiera intentó dormir. Los ladridos venían a sumarse al incesante zumbido que le retumbaba en el oído, y sintió que su cabeza iba a terminar explotando de un momento a otro. Gritó, impotente, sofocando el grito con la almohada, mientras pegaba puñetazos al colchón, pero nada hizo que se sintiera mejor. El zumbido seguía ahí. Y, del otro lado de la medianera, el perro seguía ladrando.

Sin detenerse a pensar en lo que hacía, corrió hasta el patio, saltó el tapial ayudándose de una silla y aterrizó del lado del vecino. El cachorro ladró más fuerte. Nunca en su vida había sentido la ira que sentía en ese momento. Respirando con dificultad, avanzó hacia el perrito, que ahora lloraba asustado. El zumbido en su oído sonaba cada vez más fuerte, y él ya no era dueño de sí mismo. Levantó al pequeño cachorro por sobre su cabeza y lo arrojó al piso con todas sus fuerzas. Cuando cayó al piso, dejó de ladrar. Sin embargo, movido por una violencia hasta ese momento desconocida para él, siguió pegándole patadas y puñetazos hasta que lo único que quedó del animal fue una masa informe y ensangrentada.

Después de eso, el señor Echeverría no escuchó nada más. Aliviado, respiró hondo varias veces. Al abrir los ojos unos momentos después, lo primero que vio fueron sus manos cubiertas de la sangre del cachorro, y el cadáver del animal a un metro de donde se encontraba. Con horror, comprendió lo que había hecho, y un fuerte temblor se apoderó de su cuerpo. Como pudo, se limpió la sangre en la ropa y saltó el tapial para volver a su casa. Corrió hacia el baño y vomitó, aunque hacía un par de días que no comía nada. Aterrado y asqueado de sí mismo, lloró. Lloró por lo que había sido y por aquello en lo que se había transformado. Lloró hasta que no le quedaron fuerzas. Lloró hasta que, de la nada, el zumbido volvió a taladrarle el oído.

Presa de la desesperación, se levantó y salió del baño. Comenzó a rebuscar en los cajones de la cocina hasta que encontró el martillo que su esposa solía usar para ablandar la carne. Se dirigió al garaje y extrajo de la baulera la caja que contenía las cosas que usaban con su mujer cuando iban de camping. Cuando consiguió lo que necesitaba, se dirigió de nuevo hacia el baño. Una vez frente al espejo, tomó aire, tratando de regular la respiración y se puso manos a la obra. El dolor casi le hizo perder la conciencia, pero no lo disuadió de su objetivo. Finalmente, exhausto y dolorido, cayó al piso hecho un ovillo.

Así lo encontraron momentos después sus vecinos, que, al escuchar los alaridos provenientes de su casa, habían llamado a la policía y tirado abajo la puerta. Tenía la mirada perdida y desprovista de todo entendimiento. Aún sostenía en su mano derecha el gran martillo de cocina y de su oreja izquierda manaba un hilo de sangre allí donde la estaca se había clavado. No logró reconocer el espanto en las miradas horrorizadas de sus vecinos. En su cabeza sólo había lugar para el alivio, porque sabía que, por fin, el maldito zumbido había cesado para siempre.

 

 

Blue in Green

Para acompañar la lectura: PLAY

Estamos sentados frente a frente en la barra y ninguno dice nada. Si alguien nos viera podría adivinar que algo se ha roto entre nosotros, pero esta noche no hay testigos. Solamente el mozo, que de vez en cuando nos mira con indiferencia y parece más interesado en escuchar la pequeña radio ubicada en el otro extremo del bar. O tal vez, quién sabe, ésa es su forma de ofrecernos algo de privacidad. La tenue luz ilumina apenas el  local. Afuera todo duerme.

Hoy es el primer día del otoño y ya hace frío. Las hojas de los árboles empiezan a morir, pero no son las únicas. Sin romper el silencio que se cierne sobre nosotros y da la sensación de haber existido desde siempre, levanto la vista para mirar a los ojos al hombre que tengo enfrente y no puedo evitar un suspiro. Él me devuelve la mirada, pero al escrutarla, no logro ver en ella la misma intensidad que de costumbre. Esta vez sólo refleja resignación y cansancio; ni rastros del amor que solía prodigar. Hay tanto que quisiera decirle, pero no me salen las palabras. De todas maneras, de poco me servirían. Existen cosas imposibles de explicar hasta para el más elocuente de los seres humanos.

Hago ademán de tomarle la mano, pero detengo el gesto a medio camino. No estoy segura, pero sospecho que ese tipo de contacto me está vedado de ahora en adelante. Él nota mi titubeo y podría jurar que una mueca de dolor atraviesa fugazmente su expresión.

Es tan difícil. Parecemos dos extraños en un ring, dando vueltas en círculo, midiendo al otro sin que ninguno de los dos se atreva a lanzar el primer golpe. O tal vez el último. Quizá los dos ya hemos aceptado que perdimos por nocaut mucho antes de comenzar la partida. Estoy sumida en mis reflexiones cuando veo de reojo que él apura el whisky y se levanta de su asiento con determinación. La seguridad que emanan sus movimientos me anuda la garganta. Pienso con rencor que es injusto que él pueda mantener la compostura cuando yo estoy rota y no encuentro la manera de encajar las piezas en un orden que me permita volver a funcionar sin sentir que estoy a punto de derrumbarme a cada paso.

A esto se resume todo. Él se va, y ni siquiera se digna a mirarme por última vez. Se va sin pedir permiso, sin ofrecer excusas, sin pedir perdón.  Cierro los ojos y me aferro con fuerza a la barra porque me rehúso a salir corriendo detrás de él y pedirle que se quede. Y porque, sinceramente, no soy capaz de verlo partir.

Pero él no se va. De pronto, el silencio que hasta entonces resultaba atronador se ve interrumpido por unos acordes conocidos que surcan el aire y me atraviesan entera con la precisión de un puñal. Mis ojos vuelven a abrirse por voluntad propia y lo veo avanzando hacia mí con paso vacilante. Detrás de él, la gramola que acaba de despertar, llora. Mi mano encuentra la suya, extendida en una invitación silenciosa, y nuestros cuerpos se amoldan como siempre y por última vez. En ese momento no existe nada más que su mano en mi cintura y su aliento cálido en mi cuello y las lágrimas que resbalan, incontenibles, por mi mejilla.

Bailamos abrazados, pero apenas bailamos. Nos mecemos en el centro de una pista abandonada de un bar cualquiera, al ritmo de un piano triste y una trompeta que no es menos que poesía, fundidos en un abrazo que es eterno y solamente de los dos. Es brutal, desgarrador y absolutamente perfecto.

No puedo pensar. La cálida melodía afloja cada músculo de mi cuerpo y presiento que los últimos compases están al caer. Él también debe intuirlo, porque puedo sentir su abrazo tensarse a mi alrededor, como si tratara de prolongar el momento, como si tuviera miedo de que todo termine. Pero los dos sabemos ya muy bien que es en vano luchar contra el destino, y cuando suena por fin ese último acorde fatal, no hay nada que podamos decir o hacer para evitar lo inevitable.

Como de mutuo acuerdo, nos separamos y quedamos frente a frente una vez más. Él usa su pulgar para secar con ternura los restos de mis lágrimas en un gesto tan íntimo que ya empiezo a extrañarlo. Sin decir palabra, sonríe con melancolía, la misma que debe ver reflejada en mis ojos. Sé que esta es su forma de decir adiós y le devuelvo la sonrisa porque no puedo hacer otra cosa. Sólo él es capaz de hacer de una despedida un momento tan entrañable. Lentamente aparta su mano y se encamina hacia la puerta. Ahora sí que no mira hacia atrás cuando atraviesa el umbral.

Tardo un momento en reaccionar y cuando abandono el local tras sus pasos, apenas puedo distinguir su silueta a lo lejos, caminando con resolución hacia la línea del horizonte. Mi cuerpo quiere correr en su busca, pero mi corazón sabe que es hora de dejarlo ir. Y por eso permanezco ahí parada, observándolo bajo un cielo sin estrellas mientras se pierde en la negrura de la noche, con los grillos que ya no cantan y las hojas de los árboles que ya empiezan a morir.