Historias de colectivo III

No pueden tener más de dieciséis. Él le pasa el brazo por los hombros y ella se inclina sobre él, casi sentándose en el mismo asiento. Se abrazan de una manera desesperada, agónica, como si el otro se les fuera a escapar en cualquier momento. No miran alrededor; sólo tienen ojos para ellos. No registran la sonrisa cínica de la mina de ambo y treinta y tantos que va parada al lado del timbre. No ven cómo el cuarentón de traje y con la sombra de una alianza en el anular revolea los ojos ante tanto desperdicio de saliva.

Se abrazan más fuerte y sueñan con para siempre. Van a seguir estudiando, porque los dos quieren terminar la secundaria. Él, además, quiere buscarse un laburo. Tiene unos mangos ahorrados, pero ya le echó el ojo a una cuna y piensa sorprenderla dentro de dos semanas, en su cumpleaños. Todavía no les contaron a los viejos, porque están esperando el momento adecuado.

Él le pone la mano en la panza todavía plana y la acaricia con movimientos circulares y tiernos. Ella lo mira con ojos enamorados y demasiado jóvenes, pero con un brillo que no se ve todos los días.

Se bajan de la mano, sin saber que, la mayoría de las veces, «para siempre» no dura nada.

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2 comentarios el “Historias de colectivo III

  1. Anónimo dice:

    Me encanto.

  2. meli dice:

    Coincido, me encantó.

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