Big Apple

—Te dije que era hermoso.

—Sí, es lindo —respondió, su tono para nada convincente.

El otro frunció el ceño.

—¿No te gusta?

Antes de contestar, se tomó un tiempo para recorrer con la mirada el mar de gente y los carteles electrónicos que parecían estar en todos los edificios.

—Sí me gusta.

—¿Entonces? —preguntó su amigo, claramente irritado.

Él se encogió de hombros, como pidiendo disculpas.

—Es que tantos edificios no me dejan ver el cielo.

Sabiduría Popular

Sin poder contenerse, le gritó cuando vio lo que estaba haciendo por el espejo retrovisor.

—¡Dejá de tocarte!

—¿Por qué? —inquirió el nene, sin dejar de hacerlo.

—Porque te van a salir pelos en la mano —intervino distraídamente la hermanita.

La madre hizo todo lo posible para aguantar la risa cuando vio que su hijo menor dejaba de rascarse el brazo por dentro del yeso con ojos grandes y expresión horrorizada.

Negro

Caer, sin caer, sólo por el miedo a hacerlo. Hundirme en la oscuridad, oscuridad sin nombre, sin siquiera cerrar los ojos. Oscilar como un péndulo sin rumbo, sin nada que me contenga. Sentir, mil manos que me aprisionan, que me invaden, que me acosan. De nuevo la oscuridad anónima se cierne sobre mí, esta vez con más fuerza, ahogándome y deshaciendo los límites, las barreras que me impiden dejar de pensar. Siento. Sólo siento. Siento el gusto de las pisadas ajenas, de las sombras que no existen, de los miedos que no están. El suelo se hunde y, entre el murmullo de un par de acordes que no distingo, escucho el latido de un sueño que no es mío.

Estoy, pero no estoy; perdida en sensaciones hasta hoy desconocidas. Sigo un camino que me marcan mis pies, pero no mi consciencia. Y la oscuridad me agobia, pero no opaca mis sentidos. Enorme paradoja que me hace ver mejor con los ojos cerrados. Que me hace ser más yo cuando no puedo pensarme. Que me lleva adonde quiero ir cuando no soy yo la que camina.

El tiempo que pasa, aunque el reloj no se mueva, me lleva de la mano por mucho que me resista. Y me encuentro cara a cara con el espejo, y me veo, tal vez por primera vez. Y me huelo en un reflejo sordo e implacable, del que no puedo escapar porque mis pies no me dejan. Y así, clavada al piso, inmóvil por una voluntad que desconozco, grito con los ojos vacíos, porque mi boca no articula sonido. Y esa oscuridad, al principio tan ajena, empieza a hacerse cada vez más próxima, cada vez más rota… y cada vez más mía.

Sólo conocido por Dios

Empuñó su fusil y emprendió la marcha. El frío, fiero e intratable, le azotaba la cara de rasgos jóvenes y cansados. El arma se sentía fuera de lugar en sus manos inexpertas, desacostumbradas al peso de tamaña responsabilidad. Recién estaba amaneciendo y aunque los primeros rayos de sol iban venciendo de a poco  la negrura de la noche, allá, en el fin del mundo, el sol no calentaba. Recordó con nostalgia el último cigarrillo que había fumado hacía tres días. Detrás de la espesa niebla, las olas bañaban la orilla de ese extraño pedazo de patria que pretendía defender.

El orgullo lo obligaba a seguir caminando, a pesar de que su corazón estaba lejos, en Mar del Plata, donde lo esperaba su familia. Era por ellos y por los colores de su pabellón que había jurado con gloria morir. La llovizna, al principio tenue, caía cada vez con más intensidad helándole los huesos. Avanzaba junto a sus camaradas con paso firme y seguro y los minutos se hicieron horas bajo el golpeteo incesante de la lluvia. A los lejos se escuchaban ya los disparos y las explosiones provenientes de la batalla. Con una mano temblorosa aferró el crucifijo que le colgaba del cuello y se encomendó a la Virgen de Luján.

Cuando llegó la primera orden, se olvidó de sus escasos dos meses de entrenamiento. El terror le humedeció los ojos, y el sentido del honor lo hizo hombre de golpe, en ese campo que pisaba por primera vez pero que sabía suyo por derecho. Por sobre el ruido del combate logró distinguir el grito de ‘Viva la patria’, y fue quizá la temeridad de los ingenuos o el fervor de los valientes lo que lo llevó a salir de posición y abrir fuego una vez más. Apretando los dientes, peleó por su país, por su familia y por la gloria.

Y ya no se acordaba del miedo cuando, desplomándose en el barro, cayó abatido. El estruendo de las bombas le perforaba los tímpanos mientras que en su querida Mar del Plata sus amigos festejaban la victoria que proclamaban los titulares mentirosos de los diarios. La rendición llegó poco después, pero él no fue testigo. Ahí, en suelo argentino, como tantos otros jóvenes, exhaló su último aliento.

Y siguieron más batallas, pero ninguna como esa. Y hubo muerte, pero no victoria. Los valientes soldados argentinos volvieron al continente vestidos de héroes, mientras más al sur se afirmaba el dominio extranjero sobre la perdida perla austral.

Hoy hay doscientas treinta y siete tumbas. Allá, en el fin del mundo, ya no se escucha el estruendo de las bombas, ni el llanto desesperado de jóvenes que no deberían haber estado ahí. Allá no quedan banderas, ni orgullo, ni nada. Solamente un cementerio. Solamente silencio.