Más que un juego

Hay una responsabilidad en la camaradería que no todos alcanzan a comprender. «No dejar a nadie atrás» es el lema, y a pesar de que la intención es noble, son sólo los valientes los que terminan por llevarlo a cabo.

Primero están los caídos, los desafortunados. «Los muertos necesarios», les dicen. Algunos incluso van más allá y, lejos de compadecerlos, atribuyen su pérdida a la negligencia, a la temeridad o, directamente, a la estupidez. ¿Quién los manda a sacrificarse por nada?

Después vienen los egoístas. Los que tienen «hambre de gloria», como les gusta decir. Los que se salvan solos, es cierto, pero no salvan a nadie más. Dejan todo en cada batalla y es difícil que los vean hasta que ya es demasiado tarde. Esos son los que se pavonean y forman un selecto club, en el que a nadie más que a ellos le está permitida la entrada.

Y después están los distintos. Los kamikazes. Los que están dispuestos a salvarlos a todos o morir en el intento. No es fácil mantener la concentración cuando el pulso late en los oídos y el corazón va a mil en el pecho, pero es una cuestión de práctica y de carácter. Después de un tiempo, esta responsabilidad no es más que una anécdota, porque ellos saben que nacieron para eso. Ignorarlo sería ignorar el propio destino, todo el propósito de una vida. De estos hay uno cada muchos.

Hernán es uno de ellos, y sabe que todos cuentan con él. Cierra los ojos y respira hondo para tomar coraje, y luego, lo más silenciosamente posible, comienza a reptar fuera de su escondrijo. Las piedras le raspan las rodillas y sabe que le van a dejar marcas, pero de eso ya se ocupará más tarde, cuando tenga tiempo. Con muchísimo cuidado, asoma apenas la cabeza y fija los ojos en su objetivo. El sudor le corre por la frente y no se atreve casi a respirar. «Un poco más, un poquito más», piensa, y ya siente ese cosquilleo familiar en la planta de los pies, prestos a salir a la carrera de un momento a otro. En este tipo de circunstancias, el cálculo lo es todo, y Hernán sabe que no puede permitirse ser menos que infalible.

Cuando el otro, distraído tal vez por el canto oportuno de un pájaro, baja la guardia, sabe que llegó el momento. Sin pensarlo dos veces, se incorpora de un salto y corre hacia la meta. El otro, alertado por los súbitos gritos de aliento de sus compañeros y en una posición todavía privilegiada, corre también en su misma dirección. A Hernán le arden las rodillas y la transpiración se le mete en los ojos, nublándole la vista, pero no le importa. En un último esfuerzo, acelera y aventaja por fin al otro, que parece reconocer la derrota cuando, resignado, frena de golpe la carrera. Hernán, sin detenerse, se abalanza contra la pared, y con una sonrisa triunfal grita para que lo escuche todo el barrio:

—¡Pica para los compas!

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Un comentario el “Más que un juego

  1. Anita dice:

    Increíble como de niños nos tomamos tan en serio los juegos… Lo bueno es que cuando terminaba, volvíamos a ser todos amigos de todos. Ojalá conserváramos esa actitud de grandes.

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