Felicidad

Estaba sentado en el piso del pasillo de su casa, con la cabeza enterrada en las manos. Escuchaba el tictac del reloj, que parecía ir más lento que nunca. La ansiedad le carcomía los nervios y el corazón le latía en la boca. Por fin se abrió la puerta y ella salió del baño con el test en la mano.

—Es positivo –dijo.

Shock.

Tictac, tictac.

La sonrisa le creció del pecho hasta la cara.

Debilidad

Como un chiste de mal gusto, lo primero que registran sus ojos es su figura, apoyada, seductora, en la mesa del comedor. Su firme decisión diurna de evitarla flaquea cuando la ve ahí, preparada y dispuesta, tentándolo con su mera existencia.  Trata de luchar a pesar de que sabe que es una batalla que está destinado a perder porque, simplemente, no tiene voluntad suficiente para ganar. Lenta pero irremediablemente, sus pies lo acercan al objeto y causa de todos sus males y él cierra los ojos en un patético intento de resistencia, aunque todo su cuerpo se agita ya con una necesidad desesperada y tristemente familiar.

Sus curvas lo excitan, su olor lo vuelve loco, despertando sus instintos más bajos y destruyendo lo poco que queda de su autocontrol. Casi con desprecio, se apodera de ella y se pierde en su textura, su sabor y su intensidad.

Y mientras paladea sus entrañas, deleitándose en el sopor que se cierne cercando su consciencia, internamente repite como cada noche, como siempre: «Esta es la última, esta es la última…»

Hito

Llega un momento en la vida en que uno se ve obligado a tomar una decisión. Con el ceño fruncido, se dio que cuenta de que ese momento había llegado para él. No teniendo mucha experiencia en el asunto, se dispuso a analizar minuciosamente los pros y los contras. A su lado, el que lo había metido en el dilema esperaba con gesto ansioso y ojos esperanzados. Los segundos pasaron y pudo ver la desazón en la cara de su compañero.

—Bueno —dijo por fin, alcanzándole el libro medio a regañadientes—. Te lo presto, pero mañana me lo devolvés.

Big Apple

—Te dije que era hermoso.

—Sí, es lindo —respondió, su tono para nada convincente.

El otro frunció el ceño.

—¿No te gusta?

Antes de contestar, se tomó un tiempo para recorrer con la mirada el mar de gente y los carteles electrónicos que parecían estar en todos los edificios.

—Sí me gusta.

—¿Entonces? —preguntó su amigo, claramente irritado.

Él se encogió de hombros, como pidiendo disculpas.

—Es que tantos edificios no me dejan ver el cielo.

Sabiduría Popular

Sin poder contenerse, le gritó cuando vio lo que estaba haciendo por el espejo retrovisor.

—¡Dejá de tocarte!

—¿Por qué? —inquirió el nene, sin dejar de hacerlo.

—Porque te van a salir pelos en la mano —intervino distraídamente la hermanita.

La madre hizo todo lo posible para aguantar la risa cuando vio que su hijo menor dejaba de rascarse el brazo por dentro del yeso con ojos grandes y expresión horrorizada.