Debilidad

Como un chiste de mal gusto, lo primero que registran sus ojos es su figura, apoyada, seductora, en la mesa del comedor. Su firme decisión diurna de evitarla flaquea cuando la ve ahí, preparada y dispuesta, tentándolo con su mera existencia.  Trata de luchar a pesar de que sabe que es una batalla que está destinado a perder porque, simplemente, no tiene voluntad suficiente para ganar. Lenta pero irremediablemente, sus pies lo acercan al objeto y causa de todos sus males y él cierra los ojos en un patético intento de resistencia, aunque todo su cuerpo se agita ya con una necesidad desesperada y tristemente familiar.

Sus curvas lo excitan, su olor lo vuelve loco, despertando sus instintos más bajos y destruyendo lo poco que queda de su autocontrol. Casi con desprecio, se apodera de ella y se pierde en su textura, su sabor y su intensidad.

Y mientras paladea sus entrañas, deleitándose en el sopor que se cierne cercando su consciencia, internamente repite como cada noche, como siempre: «Esta es la última, esta es la última…»