Promesa

Cuando nos contó, los tres nos quedamos sin habla. Si lo hubiéramos practicado no nos habría salido mejor: abrimos bien los ojos y desencajamos las mandíbulas casi a la vez, como en una coreografía mal ensayada, y al tiempo que nuestras expresiones se fueron desajustando, el silencio nos cubrió, más frío que el balde de agua fría que nos acababan de revolear por la cabeza.

—Pero ¿están seguros? —Marcos, como de costumbre, fue el primero en reaccionar. Si había una solución, una respuesta, un atajo, seguramente él sería capaz de encontrarlo. Siempre había sido el más rápido de reflejos: prueba de ello era que el complejo mecanismo que tenía por cerebro ya se había puesto en marcha cuando ninguno de nosotros había podido aún esbozar siquiera un amago de reacción. Personalmente, me sentía como imagino se sintió Houdini después de aquel puñetazo letal.

Cecilia sonrió, un gesto que se me antojó maternal por algún motivo, y que sólo sirvió para hacer que mi estómago se contrajera aún más y para que sintiera como si me estuviera volviendo diminuta en mi asiento.

—Segurísimos —contestó, como si nada. El gusto amargo de la náusea se sumaba ahora al cambalache horrendo de sensaciones que se habían apoderado de mi cuerpo, de repente chiquito, inmóvil y tan tan triste.

—Pero algo tiene que haber, todos los días se descubren cosas nuevas, mirá si en una de esas… —sabíamos que estábamos jodidos cuando Marcos no podía terminar una oración.

Esta vez, Cecilia rió abiertamente y a mí me dieron ganas de llorar.

—Nada —dijo, encogiéndose de hombros—. Ojalá pudiera decirles otra cosa, no es que morirme haya estado en mis planes inmediatos, pero qué se le va a hacer.

Un sollozo estrangulado interrumpió mi muda indignación ante semejante comentario, e hizo que desviara mi atención. Con asombro contemplé cómo Andrés se deshacía en un llanto desconsolado.

Toda la escena había adquirido un cariz tan surreal que en mi mutismo había empezado a convencerme de que era todo un sueño. De que en cualquier momento despertaría y de que Andrés no estaba llorando, Marcos seguía teniendo todas las respuestas y Cecilia, Cecilia no se iba a morir.

—No, no puede ser. Y no hables así que todavía no está todo dicho.

De alguna manera, la obstinación de mi amigo me producía alivio: era bueno saber que no estaba sola en eso de la negación ciega y absoluta. Ahora, si sólo hubiera podido moverme para exteriorizarlo, para decirle que si nada nos había ganado antes, esto no nos iba a ganar tampoco.

Mi amiga, mi confidente. La única que se ponía de mi lado cuando los hombres se empeñaban en ser hombres. La que siempre veía el lado bueno de las cosas, la eterna optimista que tantas veces había estado ahí para levantarme el ánimo cuando a mí se me ocurría deprimirme por alguna estupidez, como una tormenta o porque era domingo. Y ahí estaba yo, sin poder hilvanar una sola frase coherente, vacía de toda inspiración para inventar alguna mentira que sirviera de excusa para fingir que todo estaba bien, que nada había cambiado. Ahí sentada, inerte, mientras la observaba quizá por última vez.

Es curioso cómo funciona la mente humana en situaciones extremas. Por supuesto que sabía que Cecilia no iba a caerse muerta en ese instante, pero desde el momento en que ese pensamiento se coló en mi cerebro, todo fue tan real y tan terminante que lo único que veía era a Cecilia inmóvil, con los ojos cerrados, vestida con un ridículo trajecito azul que ella habría detestado; Cecilia en un cajón y gente sin cara llorando, y Andrés llorando, y Marcos llorando, y yo que empezaba a temblar; y temblar es bueno porque al menos ya no estás dura como una idiota, y el cuerpo comienza a responder, y sentís un cálido hormigueo recorriéndote las extremidades y la realidad te aplasta como un yunque o como un piano que cae desde el cielo, pero eso es simplemente estar vivo.

Cuando por fin inspiré con fuerza y volví de mi estado semicatatónico y mis neuronas retomaron la sinapsis, hice todo lo que me salió hacer: lloré. Lloramos todos. En algún momento nos reímos, nos abrazamos y volvimos a llorar, pero nadie dijo nada; cualquier otra cosa habría sobrado. Hasta que Cecilia, cómo no, se puso seria:

—Quiero pedirles algo

——————-

Cecilia murió una mañana hermosa de marzo y tengo que confesar que la odié un poco por eso. Decidimos saltearnos el morboso ritual exhibicionista del velatorio para ensayar nuestra promesa. Era evidente que los tres nos arrepentíamos de haberla hecho, pero jamás habíamos faltado a nuestra palabra, y ese no era, de más está decirlo, el momento oportuno para empezar a hacerlo.

En silencio trasladamos las cosas a un rincón de la pequeña capilla del cementerio, donde le rendiríamos un último homenaje a nuestra amiga. Hacía años que no tocábamos juntos, porque cuando uno crece va dejando de lado los sueños absurdos, como tener un bar, irse de mochilero a Europa o vivir de la música. Y también porque éramos pésimos, por qué no admitirlo.

Yo le había cambiado las cuerdas a la guitarra que ahora me pesaba como mil inviernos en las manos. Andrés parecía concentrado en sus ejercicios de calentamiento en el bajo, mientras Marcos alistaba el teclado con la mirada perdida. Y un poco más allá, atrás de todo, yacía la batería huérfana de intérprete.

Cuando los tres estuvimos listos, Marcos empezó a contar, pero Andrés se limitó a frenarlo con un gesto de la mano, al tiempo que con la otra sacaba algo de su bolsillo. Casi con reverencia, se sentó en el banquito y acarició con ternura cada circunferencia y cada parche. Después se tomó su tiempo en afinarla.

Creo que nunca vi un responso tan concurrido. Las filas de bancos estaban repletas de personas que yo no conocía y había gente parada a los costados. Frente al altar depositaron el cajón ya cerrado –gracias a Dios– y el cura procedió con los rituales acostumbrados. Cuando hubo terminado, explicó a los asistentes el motivo de nuestra presencia allí delante. Que habíamos sido los amigos más cercanos de Cecilia, que ella nos había pedido y que la música, según dijo, es otra forma de acercarse a Dios y a los que ya no están. Para cuando terminó, las lágrimas no nos dejaban ver nada.

Pero una promesa es una promesa, y la última, con más razón. Así que estábamos determinados a cumplirla. Y es hasta el día de hoy que los tres juramos por nuestras vidas haber escuchado cuatro golpes de palillos antes de empezar a tocar.

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El extraño caso de la Quilmes Stout

Para Martín,
el Rachel de mi Monica
y el Joey de mi Chandler.

—¿Uno o dos? —pregunté por costumbre, conociendo de antemano la respuesta. Martín asomó la cabeza por la puerta de la cocina con cara de «¿Hace falta que preguntes?».

—Ok, tengo que dejar de preguntar boludeces —respondí en voz alta. Saqué los dos envases de la alacena y bajamos.

—Haceme acordar de que controle si le pusieron rúcula o no esta vez —me dijo mientras caminábamos la media cuadra que nos separaba de la pizzería y aludiendo a otras ocasiones en que habían omitido agregar el ingrediente principal de su mitad de la pizza.

Era una noche fresca, típica de finales de septiembre. En el cielo brillaba con intensidad la luna y ya se empezaban a divisar algunas estrellas. No había nada de humedad, lo que ya de por sí constituía todo un acontecimiento y contribuía notablemente a mi buen humor.

Entramos al local y al consultar nos informaron que nuestro pedido ya estaba listo. Me tocaba pagar a mí, así que mientras le entregaba la tarjeta a la mujer de la caja, Martín se dedicó a sacar las cervezas de la heladera.

—¿Llevamos una y una, te parece? —me preguntó, señalando una Quilmes Stout.

—Dale —contesté a la vez que firmaba el recibo y él abría la caja de la pizza para corroborar que en efecto todo estuviera tal como habíamos previsto. Cuando asintió, saludamos y nos dirigimos de vuelta a mi departamento.

Como siempre, yo fui a la cocina a guardar la bebida y a buscar cubiertos y los jarros de chop y él se quedó acomodando la mesa.

—¿Con cuál arrancamos? —pregunté, mientras trataba de hacer espacio en la heladera.

—A la negra le falta frío, traé la otra, mejor —contestó.

Como soy de hacerle caso a los que saben, hice exactamente lo que él me decía y me dirigí al comedor. Durante la cena aprovechamos para ponernos al día –hacía unas dos semanas que no nos veíamos– por lo que los tópicos de la conversación fueron diversos y variados, como lo eran habitualmente, aunque intrascendentes. Cuando terminamos de comer notamos que ya no quedaba bebida para acompañar la charla, por lo que me levanté y fui a buscar la botella que había puesto en el frízer hacía poco menos de una hora y la deposité en la mesa como había hecho antes con la otra.

—Está en su mejor momento —comentó Martín al destaparla, refiriéndose a la ligera capa de hielo que recubría el envase.

—Ideal. Tenía ganas de tomar una de estas —agregué, y volví a acomodarme en mi silla, justo enfrente de la de él.

Él se encargó de rellenar los vasos y luego procedimos a brindar en silencio por nada en especial. En el momento en que tomé el primer trago sentí algo distinto, como un cosquilleo que se iba propagando por toda la lengua y que de alguna manera se extendía por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los pies. Levanté la vista para ver si yo era la única afectada por esta sensación extraña –quién sabe, a lo mejor era que mi resistencia había ido decreciendo con los años– y vi que Martín tenía los ojos muy abiertos y miraba el vaso con desconfianza. Antes de que pudiera decir nada, una sensación cálida vino a reemplazar al incómodo cosquilleo. Aún hoy resulta difícil de explicar, pero fue como si la cabeza me pesara menos: ya no quedaba en ella ni el vestigio de mis preocupaciones de todos los días. De repente, la lámpara que nos alumbraba empezó a fallar –o eso supuse en ese momento– y la luz se puso de un azul intenso un poco molesto hasta que mis ojos terminaron por acostumbrarse.

Me es imposible describir detalladamente los hechos posteriores, más que nada porque en mi memoria sólo conservo retazos de ellos. Cada vez que trato de recordar sólo logro vislumbrar una vorágine de colores, sonidos y fragmentos de conversaciones, pero sobre todo sed, mucha sed. Respecto del orden de los acontecimientos, no podría decir con seguridad qué pasó antes y qué pasó después, pero paso a relatar lo que sí recuerdo: lo vi llenar los vasos de nuevo y pensé estúpidamente «Eso me va a venir bien para calmar esta sed insoportable» y me mandé un trago que hizo que la luz azul de la lámpara se pusiera púrpura por un rato. No sé qué colores estaba viendo Martín en ese momento y sinceramente tampoco sé qué decía, enfrascado como estaba en la explicación frenética de la teoría quimio-nosecuánto. No hace falta aclarar que se trata de cuestiones que no retengo ni cuando estoy en plena posesión de mis facultades mentales, así que resulta lógico que me excuse de transcribir textualmente esta parte de la conversación. Lo que sí puedo hacer es describir cómo caminaba de un extremo a otro del comedor en un despliegue de energía poco usual en el contexto en que nos encontrábamos, interrumpiéndose de golpe para gritar al aire palabras como «abiótico», «atmósfera» o «molécula». Debo decir que en mi estado de similar afectación, yo encontraba todo lo que estaba pasando muy normal. Todo esto se prolongó durante un cuarto de hora –o, al menos, lo que creí fue un cuarto de hora–, hasta que pareció extenuarse, se sentó y tomó un trago de cerveza. Lo que recuerdo a continuación es una maraña de frases sueltas que espero que tengan algún sentido para el lector.

—Vos no entendés —le dije, frustrada, mientras me secaba las lágrimas lo mejor que podía con un pañuelo ¿turquesa? que hasta hoy no tengo ni idea de dónde salió—. Nadie me entiende. Venía de Rusia con la familia y se perdió, estaba solo en un país desconocido, ¿cómo podés no llorar, desalmado?

—Tomá, tomá esto y tranquilizate —me contestó acercándome el vaso.

—Que te corran la mano duele, es una falta de respeto —afirmó solemnemente en un momento dado.

—¿Falta de respeto? —repuse indignada—. Falta de respeto es joder con el reflejo nauseoso de la gente.

Y agarré la botella y volví a llenar los vasos, ofendida.

—Funes Mori estaba adelantado, Martín, no jodas.

—Bueno, ustedes no pueden hablar, los benefician siempre.

—Primero, una cosa no quita la otra, y segundo, no nos benefician, ¿vos viste las cosas que cobraron el torneo pasado? Anularon el gol a Belgrano, validaron el que nos hizo Independiente en offside…

—Y bueno, a nosotros también nos cagaron.

—¿Entonces qué estamos discutiendo? El problema en el fútbol son los árbitros —sentencié en un inusitado acto de diplomacia.

Levantó el vaso en un brindis silencioso y dio el tema por zanjado:

—Son todos unos hijos de puta.

—No entendés nada, Coty, callate —. Estaba parado y casi gritando, la luz roja de la lámpara le iluminaba la cara contorsionada por el enojo genuino.

—Ay, no sé por qué te ponés así —respondí llenando los vasos tranquilamente—. Una, sí; dos, ponele; pero tres… Para mí no hay necesidad.

—¿Cómo que no hay necesidad? ¿Te estás escuchando? ¡Es Kung Fu Panda!

Creo que esos pocos fragmentos bastan para ilustrar cómo transcurrió el resto de la velada, que por otro lado, no recuerdo. A eso hay que agregarle que la cerveza parecía no acabarse nunca: entre los dos pudimos reconstruir la mayor parte de la noche y contamos catorce ocasiones distintas en que uno u otro llenó los vasos desde que destapamos la botella. Sin embargo, el shock llegó cuando estábamos reviviendo uno de los diálogos más relevantes de nuestra adolescencia:

—Miss, I can’t let you off the plane.

—Let her off the plane!

—Oh, please, you don’t understand…

—Try to understa…

Cuando noté que Martín se había interrumpido a mitad de frase (que por otro lado, siempre repetimos como si no supiéramos qué va a pasar a continuación), lo miré extrañada.

—No hay más —dijo, gesticulando con la botella. Acababa de servir el último trago.

Sin ponernos de acuerdo, los dos tomamos a la vez lo poco que había podido exprimir del envase que ahora yacía vacío entre nosotros. El efecto tardó unos diez minutos en desaparecer del todo.

Fue como si un tornado nos hubiera devuelto a nuestros asientos, y a lo mejor eso era exactamente lo que había ocurrido, porque nuestras cabezas daban vueltas de una manera desconocida para los dos. Cerré la boca y me apoyé la mano en el estómago, como tratando de hacer que la cena se quedara ahí abajo, y vi que Martín cerraba los ojos y aferraba la mesa en un claro intento de hacer lo mismo. Ninguno de los dos entendía bien qué había pasado, pero internamente sabíamos que esta vez la resaca iba a ser épica e iba a durar más o menos hasta Navidad. Cuando todo alrededor dejó de moverse y los colores volvieron a la normalidad, incluyendo la luz de la lámpara, me animé a mirar el reloj que decidí colgar en la pared hace más de cinco años, cuando me mudé al departamento. Marcaba las cuatro y media. En mi asombro debo haber emitido algún sonido, porque Martín también lo miró y el mismo gesto incrédulo se dibujó en su cara. Otra vez de manera sincronizada, giramos hasta quedar cara a cara, estupefactos, e hicimos lo único que podíamos hacer ante lo inexplicable: reímos. Nos reímos con ganas, a carcajada limpia y durante más tiempo que el razonable, debo admitir. Ahora que lo pienso, esa risa absurda y rayando en lo demencial puede muy bien haber sido un efecto residual de lo que sea que habíamos estado experimentando durante la mayor parte de la noche. Cuando por fin logré calmarme y recuperar el aire, me pasé las manos por la cara para secar los restos de lágrimas y para tratar de despejarme un poco. Como tantas veces, fui la primera en romper el silencio:

—Guau  —dije, y eso fue lo más elocuente que pude elaborar.

—Boluda —me dijo Martín mientras agarraba el envase vacío y lo corría hacia la otra punta de la mesa, como para poner distancia entre nosotros y él—, la próxima vez mejor nos tomamos dos rubias, ¿te parece?

De más está agregar que estuve de acuerdo.

Amigo

Para Andrés.
Y para Yabrán, donde sea que esté.

La tarde se terminaba pero empezaba para nosotros, con el ruido de puertas cerrándose y la invitación habitual, seguida por el «sí» compañero, igual al de ayer y al de mañana; la sonrisa de las madres y el crujir de las ruedas del auto deslizándose por la calle de tierra. La tarea era una excusa para compartir meriendas y aventuras, la leche y el pan con manteca, y más tiempo ganado que el perdido en el colegio.

Teníamos conversaciones eternas, de lo que ya no me acuerdo, cuando jugábamos a ser grandes mientras analizábamos oraciones y multiplicábamos por dos. Y nos apurábamos por escapar del mundo que conocíamos para viajar por el nuestro, donde para sobrevivir a una tormenta en el desierto bastaba con refugiarnos debajo de la mesa y esperar que pasara.

Y más de una vez cayó la noche y nos encontró viajando en moto a ninguna parte, aunque no nos importaba demasiado. Hasta que se abría una puerta y el mundo nos reclamaba otra vez, y el sonido de las rueditas se perdía detrás del ruido sordo del portón del garaje, junto con el «chau» compinche que quería decir «hasta mañana».

Y al otro día, otra vez. Caminábamos juntos por las mismas calles que nos acercaban un poquito al horizonte, pero que también nos llevaban a casa. Y el perro rotoso nos seguía porque ninguno de los dos tenía corazón para echarlo. Atravesábamos la plaza disfrazados de valientes, y salíamos corriendo cuando adivinábamos la sombra que alguna vez nos había ahuyentado. Caminábamos y hacíamos camino. Íbamos de la mano con las manos en los bolsillos.

Y otra vez se hacía la tarde y otra vez nos encontraba juntos. Y merendábamos, y nos reíamos, y a veces también nos callábamos. El silencio no nos molestaba porque era compartido.

Pasó el tiempo. Crecimos; y crecimos juntos. Y cambiamos, pero entre nosotros siempre fuimos los mismos. Atrás quedaron la moto, el desierto y las mochilas con carrito. Ya no analizamos oraciones ni multiplicamos por dos. El perro que nos seguía debe haberse cansado de esperarnos, y a lo mejor algún jueves a la mañana se dio, por fin, por vencido.

De vez en cuando volvemos. Otra vez –distintos, pero en el fondo iguales– cruzamos la plaza. Recordamos con una sonrisa al viejo que nos sacó corriendo aquella vez. Nos preguntamos, como siempre, para cuándo el pavimento. Reconocemos cada pozo, cada árbol, cada casa sembrada en lo que ayer fue baldío. Nuestro pies nos llevan de memoria casi hasta donde se corta la calle y empieza el campo, porque, aunque les falta práctica, nunca olvidaron el recorrido.

Ya grandes, pero todavía con algo de los niños que fuimos, caminamos por las calles de tierra del barrio que es nuestra casa. Los recuerdos se amontonan cada vez que cruzamos una esquina o saltamos una cuneta. Contamos siempre las mismas historias porque son pedazos de la nuestra. Ya no necesitamos la tarea como excusa y sabemos que el «chau» no es «chau» sino «hasta luego».

La noche nos conoce. El silencio familiar da cuenta de que llegamos. Las calles llevan impresas nuestras muchas pisadas. Amigas, eternas, y de los dos.