Grecia

Hace unos años –en enero de 2011, si no me falla la memoria– decidí hacer un curso de mitología y cultura vikinga a cargo de un profesor bastante conocido de Rosario. Las reuniones tenían lugar los miércoles a las siete de la tarde en un restaurante griego de la calle Corrientes al que nunca volví, a pesar de haber prometido lo contrario, y que hoy me parece espacioso y amarillo, aunque  puede ser que el recuerdo me engañe. La asistencia estaba constituida principalmente por señoras jubiladas que buscaban algo con qué entretenerse durante esas tardecitas de verano en las que en realidad no había mucho más para hacer y solamente dos o tres jóvenes, entre los que me encontraba yo, con mis veintiún años y la insaciable curiosidad que me había llevado a anotarme en primer lugar.

Fue así que durante tres meses y cada quince días, nos encontramos en este restaurante donde el profesor –un helenista erudito que había elegido el tema de los germanos como hobby, según él mismo confesó alguna vez– impartía las clases que, si bien eran bastante técnicas y colmadas de contenido, no dejaban de tener un cierto aire informal que permitía que los que conformábamos el reducido auditorio nos relajáramos y sintiéramos como en casa. Éramos siempre alrededor de diez o doce personas, la mayoría mujeres, y nos sentábamos en mesas individuales a escuchar acerca del Ginnungagap y los dioses Ases y Vanes y cómo esta cosmogonía particular permite comprender a la perfección la mentalidad germánica, tan admirable pero a la vez tan diferente de la nuestra.

A medida que fue pasando el tiempo, las reuniones adquirieron un carácter más íntimo, por lo que después de las clases solíamos quedarnos comentando experiencias e impresiones personales que muchas veces trascendían el tema que nos congregaba. Ya desde el inicio del curso, el profesor nos había comentado que el Centro de Investigaciones al que pertenecía organizaba viajes temáticos destinados a recorrer los lugares relacionados con los cursos incluidos en el currículo, y nos había invitado a realizar un crucero que visitaría siete países para complementar lo aprendido. De más está decir que jamás habría podido aprovecharlo, aunque la posibilidad de hacer un viaje de esas características siempre me pareció sumamente atractiva.

Una de esas tardes, ya finalizada la charla del día, alguien consultó acerca de la fecha límite para señar un viaje a Grecia, lo que despertó la curiosidad de otras personas y terminó con el profesor detallando cada uno de los destinos previstos. Varias de las señoras quedaron encantadas y manifestaron su interés en realizarlo a pesar de no asistir necesariamente al curso correspondiente, y él les aseguró que no existía inconveniente para que así lo hicieran. Una de ellas, sin embargo, permanecía callada y un poco apartada del grupo. Cuando sus amigas la indagaron al respecto, contestó que no le interesaba.

Muchos nos sorprendimos con su respuesta, pero no dijimos nada. Sólo el profesor, que parecía ofendido por el desinterés manifestado, le preguntó por qué.

—Mi marido era un apasionado de Grecia, y ése iba a ser el viaje de su vida —respondió con timidez—. Quería conocer todos los sitios históricos y en su tiempo libre se dedicaba a dibujar con plumín y tinta china mapas de los lugares que esperaba visitar. —Visiblemente conmovida, continuó—. Lamentablemente murió antes de poder hacerlo y yo no quiero ir sin él.

Después de escuchar su respuesta nos quedamos en silencio durante unos instantes sin saber muy bien qué decir. Finalmente y como es lógico, la conversación se reanudó y me atrevería a decir con cierta vergüenza que pronto nos olvidamos incluso de que había ocurrido.

Esta madrugada, mientras intentaba dormir, el azar quiso que recordara esta historia. No sé qué fue de la gente que conocí aquel verano y me haría falta repasar un poco de mitología vikinga porque hay mucho que he olvidado, sin embargo fui capaz de evocar ese momento como si hubiese ocurrido ayer, y no hace más de cuatro años. Unas horas más tarde me levanté con un nudo en la garganta, pensando en los sueños de un hombre que no conocí y en su esposa, cuyo nombre nunca supe. Seguramente él creyó que tenía todo el tiempo del mundo para cumplirlos, porque por alguna razón es muy propio de los mortales sentirnos eternos e intocables. Pero por esas cosas de la vida, se terminó yendo antes de lo previsto, llevándose consigo todos sus planes y esperanzas, y como en definitiva los asuntos pendientes nos pesan únicamente a los vivos, a ella sólo le quedaron unos mapas trazados cuidadosamente con tinta china, y la certeza de que ya no quería conocer Grecia sin él.

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Blue in Green

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Estamos sentados frente a frente en la barra y ninguno dice nada. Si alguien nos viera podría adivinar que algo se ha roto entre nosotros, pero esta noche no hay testigos. Solamente el mozo, que de vez en cuando nos mira con indiferencia y parece más interesado en escuchar la pequeña radio ubicada en el otro extremo del bar. O tal vez, quién sabe, ésa es su forma de ofrecernos algo de privacidad. La tenue luz ilumina apenas el  local. Afuera todo duerme.

Hoy es el primer día del otoño y ya hace frío. Las hojas de los árboles empiezan a morir, pero no son las únicas. Sin romper el silencio que se cierne sobre nosotros y da la sensación de haber existido desde siempre, levanto la vista para mirar a los ojos al hombre que tengo enfrente y no puedo evitar un suspiro. Él me devuelve la mirada, pero al escrutarla, no logro ver en ella la misma intensidad que de costumbre. Esta vez sólo refleja resignación y cansancio; ni rastros del amor que solía prodigar. Hay tanto que quisiera decirle, pero no me salen las palabras. De todas maneras, de poco me servirían. Existen cosas imposibles de explicar hasta para el más elocuente de los seres humanos.

Hago ademán de tomarle la mano, pero detengo el gesto a medio camino. No estoy segura, pero sospecho que ese tipo de contacto me está vedado de ahora en adelante. Él nota mi titubeo y podría jurar que una mueca de dolor atraviesa fugazmente su expresión.

Es tan difícil. Parecemos dos extraños en un ring, dando vueltas en círculo, midiendo al otro sin que ninguno de los dos se atreva a lanzar el primer golpe. O tal vez el último. Quizá los dos ya hemos aceptado que perdimos por nocaut mucho antes de comenzar la partida. Estoy sumida en mis reflexiones cuando veo de reojo que él apura el whisky y se levanta de su asiento con determinación. La seguridad que emanan sus movimientos me anuda la garganta. Pienso con rencor que es injusto que él pueda mantener la compostura cuando yo estoy rota y no encuentro la manera de encajar las piezas en un orden que me permita volver a funcionar sin sentir que estoy a punto de derrumbarme a cada paso.

A esto se resume todo. Él se va, y ni siquiera se digna a mirarme por última vez. Se va sin pedir permiso, sin ofrecer excusas, sin pedir perdón.  Cierro los ojos y me aferro con fuerza a la barra porque me rehúso a salir corriendo detrás de él y pedirle que se quede. Y porque, sinceramente, no soy capaz de verlo partir.

Pero él no se va. De pronto, el silencio que hasta entonces resultaba atronador se ve interrumpido por unos acordes conocidos que surcan el aire y me atraviesan entera con la precisión de un puñal. Mis ojos vuelven a abrirse por voluntad propia y lo veo avanzando hacia mí con paso vacilante. Detrás de él, la gramola que acaba de despertar, llora. Mi mano encuentra la suya, extendida en una invitación silenciosa, y nuestros cuerpos se amoldan como siempre y por última vez. En ese momento no existe nada más que su mano en mi cintura y su aliento cálido en mi cuello y las lágrimas que resbalan, incontenibles, por mi mejilla.

Bailamos abrazados, pero apenas bailamos. Nos mecemos en el centro de una pista abandonada de un bar cualquiera, al ritmo de un piano triste y una trompeta que no es menos que poesía, fundidos en un abrazo que es eterno y solamente de los dos. Es brutal, desgarrador y absolutamente perfecto.

No puedo pensar. La cálida melodía afloja cada músculo de mi cuerpo y presiento que los últimos compases están al caer. Él también debe intuirlo, porque puedo sentir su abrazo tensarse a mi alrededor, como si tratara de prolongar el momento, como si tuviera miedo de que todo termine. Pero los dos sabemos ya muy bien que es en vano luchar contra el destino, y cuando suena por fin ese último acorde fatal, no hay nada que podamos decir o hacer para evitar lo inevitable.

Como de mutuo acuerdo, nos separamos y quedamos frente a frente una vez más. Él usa su pulgar para secar con ternura los restos de mis lágrimas en un gesto tan íntimo que ya empiezo a extrañarlo. Sin decir palabra, sonríe con melancolía, la misma que debe ver reflejada en mis ojos. Sé que esta es su forma de decir adiós y le devuelvo la sonrisa porque no puedo hacer otra cosa. Sólo él es capaz de hacer de una despedida un momento tan entrañable. Lentamente aparta su mano y se encamina hacia la puerta. Ahora sí que no mira hacia atrás cuando atraviesa el umbral.

Tardo un momento en reaccionar y cuando abandono el local tras sus pasos, apenas puedo distinguir su silueta a lo lejos, caminando con resolución hacia la línea del horizonte. Mi cuerpo quiere correr en su busca, pero mi corazón sabe que es hora de dejarlo ir. Y por eso permanezco ahí parada, observándolo bajo un cielo sin estrellas mientras se pierde en la negrura de la noche, con los grillos que ya no cantan y las hojas de los árboles que ya empiezan a morir.