Hogar

Los adioses nunca son fáciles. Intelectualmente lo sabe, pero el nudo en la garganta le dice que recién ahora lo está entendiendo. Está parado en el medio del comedor, grande, vasto… y vacío. Sabe que es el comedor porque aunque no hay ni mesas ni sillas que lo indiquen, se le vienen a la memoria mil almuerzos y mil cenas ocurridos entre esas mismas paredes. Recuerda cómo su mamá solía quejarse de la eterna mancha de humedad que había justo arriba de la ventana. La mancha sigue ahí, y tal vez sea la única testigo de su despedida. Los ruidos y sabores se le amontonan en la garganta y se le hace difícil tragar. Sabe que es tonto, pero se permite una lágrima porque, después de todo, son muchos años, es mucha historia junta la que está dejando atrás.

Ahí nomás, en el rinconcito, estaba el televisor. Sonríe un poco al pensar en los viernes de película y los partidos de los domingos. Los gritos de gol del viejo le hacen eco en la memoria y lo ve ahí mismo, saltando, puteando, llorando de alegría cuando su equipo salió campeón. Tiene ganas de unirse a los festejos, de abrazarlo una vez más y de contarle que, en realidad, no se quiere ir.

El silencio lo ensordece. Tanto espacio despierta una claustrofobia que creía superada. Lenta, casi reverencialmente, su mano recorre la mesada de la cocina, que ya no brilla como brillaba antes. No puede recordar en qué momento se volvió tan opaca. Y le duele, porque sabe que debería haberlo notado. Sus pies lo llevan casi sin darse cuenta hasta el patio. El césped está más largo de lo que estuvo nunca, dejando en evidencia que hace rato que nadie le presta atención. Las flores que tanto quería la vieja están todas marchitas. El jardín, siempre tan vivo y colorido, hoy es una postal en blanco y negro. Le da la espalda y cierra la puerta por última vez, porque prefiere recordarlo tal cual era cuando él era chico y pasaba las tardes enteras jugando al fútbol con sus hermanos, bajo amenaza de castigos inefables en el caso de que rompieran alguna de las plantas.

Suspira porque sabe que se acerca el momento que estaba tratando de postergar. Camina por el pasillo que tantas veces recorrió, descalzo, en puntitas de pie, a veces tambaleándose al llegar un sábado a la madrugada. La puerta está abierta porque ya no tiene ningún secreto que custodiar. En la habitación –su habitación– no hay nada, y el corazón se le retuerce, porque nunca la vio tan… triste. Su refugio, su escondite, su templo. Las paredes que lo vieron crecer. Tiene ganas de sentarse en el parqué y quedarse a vivir ahí, porque, después de todo, nunca conoció otro hogar. Despacio, se dirige hasta donde solía estar su cama. Se ríe en voz alta, como un loco, porque su nombre todavía está ahí, donde lo grabó hace tantos años. Ojalá pudiera llevárselo, pero sabe que está donde pertenece. Sabe que se queda en su casa aunque él no se pueda quedar.

Los tres golpes en la puerta del frente lo golpean, le recuerdan a qué vino. Aprieta los dientes y avanza con paso firme y seguro para darle la bienvenida a los nuevos dueños. Siente que la está traicionando, que lo que está haciendo está mal. Siente que la está abandonando cuando ella siempre fue la única que no lo abandonó nunca.

El matrimonio es simpático. Él es médico residente y ella está embarazada. Le gustaría conocerlos, pero las emociones se le aprietan en el pecho, y será el clima pesado de la tarde de otoño o esa alergia inoportuna que le agarra de vez en cuando, pero de golpe no puede respirar.

Un par de apretones de manos y una mueca que espera haber podido hacer pasar por sonrisa después y se encuentra de pie en la vereda. La puerta está cerrada, y por primera vez, él no tiene la llave para abrirla. Su casa ya no es su casa. Y siente, ahora sí, ese vacío inmenso en el estómago que le cierra la garganta, al entender que ya no es libre de volver cuando quiera. Que ya no va a haber nadie adentro esperándolo con el mate listo los viernes a la tarde. Que al irse no se está yendo como antes, cuando todavía volvía, sino que se está yendo… para siempre.

Cierra los ojos y respira hondo. Los recuerdos se los lleva. Ruidos, olores, historias, todo se va con él. Sin embargo, siente que hay algo que se está olvidando. Y a lo mejor no se lo está olvidando. A lo mejor es la casa, que se está aferrando a esa partecita de su vida que sabe que no se puede llevar. O a lo mejor es esa partecita de su vida la que no se quiere ir. A lo mejor esto es, en definitiva, lo que hacen las despedidas.

Con una última mirada y una mezcla de llanto y sonrisa, camina hacia el auto que lo espera estacionado contra el cordón de la vereda de enfrente. No puede verla otra vez, y lo único que quiere es irse lo más rápido posible. Ojalá no fuera así, pero es necesario. Ahora es otro y tiene otros planes, y la casa tiene que quedarse ahí, porque ahí nació y ahí se va a morir.

En el fondo sabe que es algo bueno. Porque a pesar de que le duela todo, es tiempo de mirar hacia adelante. Y porque a veces –piensa mientras dobla en la esquina– crecer no significa dejar el hogar, sino aprender a hacer hogar en otra parte.