Negro

Caer, sin caer, sólo por el miedo a hacerlo. Hundirme en la oscuridad, oscuridad sin nombre, sin siquiera cerrar los ojos. Oscilar como un péndulo sin rumbo, sin nada que me contenga. Sentir, mil manos que me aprisionan, que me invaden, que me acosan. De nuevo la oscuridad anónima se cierne sobre mí, esta vez con más fuerza, ahogándome y deshaciendo los límites, las barreras que me impiden dejar de pensar. Siento. Sólo siento. Siento el gusto de las pisadas ajenas, de las sombras que no existen, de los miedos que no están. El suelo se hunde y, entre el murmullo de un par de acordes que no distingo, escucho el latido de un sueño que no es mío.

Estoy, pero no estoy; perdida en sensaciones hasta hoy desconocidas. Sigo un camino que me marcan mis pies, pero no mi consciencia. Y la oscuridad me agobia, pero no opaca mis sentidos. Enorme paradoja que me hace ver mejor con los ojos cerrados. Que me hace ser más yo cuando no puedo pensarme. Que me lleva adonde quiero ir cuando no soy yo la que camina.

El tiempo que pasa, aunque el reloj no se mueva, me lleva de la mano por mucho que me resista. Y me encuentro cara a cara con el espejo, y me veo, tal vez por primera vez. Y me huelo en un reflejo sordo e implacable, del que no puedo escapar porque mis pies no me dejan. Y así, clavada al piso, inmóvil por una voluntad que desconozco, grito con los ojos vacíos, porque mi boca no articula sonido. Y esa oscuridad, al principio tan ajena, empieza a hacerse cada vez más próxima, cada vez más rota… y cada vez más mía.

Gris

Gris. Porque no es negro, pero tampoco es blanco. Gris como el humo, que no impide la visión, pero la limita.

Hoy las cosas son grises. Donde sea que mire, hay gris alrededor. Un gris lejano, ajeno, pero que no me queda otra que hacer mío. Un gris que justo cuando empieza a aclararse, se oscurece con más fuerza, fiero e intratable.

Un gris que me sigue en las caras de los que importan. Un gris que no ahoga, pero que no deja respirar. Que se mantiene distante, pero me sigue como una sombra.

Un gris que no pelea, no me habla, no contesta. Un gris frustrante que me lleva a enterrar la cabeza en la almohada y gritar a todo pulmón por primera vez en… la vida.

Y es gris porque no puedo. Porque quiero, pero no depende de mí.

Y mientras el gris me detiene, me mantiene atrapada en esta especie de limbo, otros se hunden en el negro, y no puedo hacer nada más que mirar.