State of mind

Esta mañana no sonó el despertador. Al menos eso creo. Pude haberlo apagado en el estado de semiinconsciencia en que sin duda me encontraba después de escasas horas de descanso, pero no tengo forma de saberlo con certeza. Cada vez se me hace más difícil conciliar el sueño, y cuando lo consigo, usualmente después de dar mil vueltas en el viejo colchón desnudo, me resulta imposible abandonar la cama. De todas maneras, tampoco tenía que estar en ningún lado. Esto del desempleo tiene algunos beneficios después de todo.

Siento la cabeza embotada a causa de la resaca y no puedo recordar con claridad cuándo fue la última vez que comí algo. Definitivamente no es mi día. Y la puta lluvia que no ayuda.

De pie frente a la ventana y con el estómago hecho un nudo, enciendo un cigarrillo al tiempo que un rayo corta el cielo, interrumpiendo momentáneamente la insólita negrura de la tarde. El silbido del viento produce un efecto casi hipnótico y permanezco allí sin saber muy bien durante cuánto tiempo, contemplando el espectáculo. Hacía tiempo que no veía una tormenta como esta. La lluvia forma una gruesa cortina a través de la que apenas alcanzan a adivinarse las siluetas de los edificios vecinos. La calle está vacía y el agua sube hasta las veredas, lamiendo impúdicamente las baldosas desparejas. Las copas de los árboles se agitan de un lado a otro y da la impresión de que el viento podría llegar a arrancarlos de raíz si así lo quisiera. Es maravilloso y a la vez aterrador presenciar el poder crudo y a veces despiadado de la naturaleza en todo su esplendor. A pesar de excitar sobremanera mi costado melancólico, debo admitir que constituye un agradable cambio de ritmo en la rutina. Mi mano se estira como si fuera un ente separado de mi cuerpo y dotado de voluntad propia en busca de otro cigarrillo, en una suerte de patético déjà vu, vano intento de apaciguar mis ansiedades. Qué sé yo. Todo el mundo tiene formas distintas de lidiar con la realidad.

La realidad. Mi realidad. Mi realidad es esta. Día tras día, cigarrillo tras cigarrillo, siempre esperando algo que sé que no va a llegar.

A veces me pregunto si la mía es la única vida que parece vacía y falta de emociones. O tal vez es que soy incapaz de reconocerlas. Quizá hay algo mal en mí, algún circuito mal conectado, alguna avería en mi sistema que no me permite ver los detalles que supuestamente hacen a la felicidad. Tal vez exista algún secreto que todavía no me ha sido revelado acerca de cómo alcanzar ese estado supremo en el que todos parecen vivir sin problemas, sin preocupaciones, sin tardes de mierda como esta.

O tal vez –sólo tal vez– es todo una gran mentira. Son los otros quienes fingen ser felices sólo porque es lo que se espera de nosotros. Se nos mete en la cabeza que debemos aspirar a tener la familia perfecta, el trabajo perfecto, la casa, los perros y sonreír; sonreír siempre, sonreír mucho. Sonreír mientras vivimos el sueño de otro. Tal vez es que están demasiado asustados como para reconocerse desdichados y banales en un mundo donde la sobreexposición de los éxitos es la norma, mientras que las miserias se esconden, como si esa parte de nosotros no fuera igual de importante para definirnos, para determinar quiénes somos.

Tal vez el miedo más grande sea descubrir que, al final del día y sin importar todo lo que hayamos conseguido, siempre estamos solos. Y que tal vez la vida sea sólo esto: fumar un cigarrillo tras otro, a la espera de que ambos se consuman –metáfora de mierda, lo sé, pero lo mío no es la literatura elegante– mientras miramos a través de una ventana empañada, intentando distinguir las formas de lo ajeno; mientras extendemos los brazos en un absurdo intento de tocar al otro, por siempre alejado de nosotros por una barrera tan invisible como insalvable. Gritar nuestras verdades al mundo con la esperanza de que no sean tan distorsionadas por la pared infranqueable que nos separa. Con la ilusión de que alguien, entre el ruido y el caos, las escuche y las comprenda. De que la mirada del otro se pose sobre nosotros y confirme finalmente nuestra existencia. Es el mensaje en la botella moderno que enviamos desde nuestras pequeñas islas particulares. Es el deseo descarnado de ser vistos, de ser descubiertos, de ser tenidos en cuenta, aunque en el fondo todos estemos irremediablemente solos. A lo mejor la vida se trata simplemente de aceptar esto y hacer nuestro mejor intento.

Ya no sé lo que digo. Quizá todo sea un sueño. Aplasto lo que queda del cigarrillo y me alejo de la ventana. Quizá todo sea distinto cuando salga el sol.

Felicidad

Estaba sentado en el piso del pasillo de su casa, con la cabeza enterrada en las manos. Escuchaba el tictac del reloj, que parecía ir más lento que nunca. La ansiedad le carcomía los nervios y el corazón le latía en la boca. Por fin se abrió la puerta y ella salió del baño con el test en la mano.

—Es positivo –dijo.

Shock.

Tictac, tictac.

La sonrisa le creció del pecho hasta la cara.