To sleep, perchance to snore

Gracias a Boude por el título.

Roncaba mucho. Pongámosle que se llamaba Juan. Roncaba mucho y era un problema. De chiquito compartía habitación con su hermano, que en medio de la noche y podrido de que no lo dejara dormir, solía revolearle con cualquier cosa que tuviera a mano. Así fue que aquella noche de septiembre le tiró con el despertador y la madre casi lo mata. Todavía tenía Juan la cicatriz de los seis puntos producto de la ocasión y posterior corrida de urgencia al sanatorio.

La cuestión es que roncaba. A veces también se babeaba un poco, pero nada fuera de lo normal. Lo que más lo preocupaba eran los ronquidos. Los amigos del colegio lo cargaban cuando iba a dormir a sus casas, aunque en realidad nadie dormía mucho porque se les complicaba al lado de Juan.

Cuando se fue a estudiar, descubrió que iba a tener que compartir la habitación de la pensión con tres desconocidos que nada sabían de su… inconveniente. Claro que no tardaron en enterarse y encargarse del asunto. Juan terminó durmiendo en el cuartito que daba al patio, solo y por el mismo precio. Algunos ofrecieron pagarle si se mudaba, pero él les hizo el favor solamente porque le caían bien, y, después de todo, nadie tenía la culpa. La dueña juraba que los perros se volvían locos a la noche y dormían después todo el día. Juan sabía que roncaba, porque siempre había roncado, pero no creía que fuera para tanto. Tenía la mala suerte de encontrarse siempre rodeado de gente de oídos delicados y sueño ligero.

Un día conoció a una mina. Le hablaba de Sartre y tarareaba los Rolling Stones mientras él la miraba embobado. Una noche después de ir al cine lo invitó a subir, y él se le tiró encima en el ascensor nomás. Fue corto y engorroso, pero la euforia de haberlo hecho no lo dejaba dormir. Ansioso por aprender, la siguió explorando. Y se fue la segunda, y un poco más conforme, cerró los ojos, orgulloso y satisfecho. Se despertó cuando la mina le empezó a dar en la cabeza con la almohada. Juan siempre juró que no le dijo “loca”, pero ella no lo llamó más. Así que él volvió a dormir solo y a alterarle el sueño a los perros de Doña María, que estaba empecinada en aumentar el alquiler para insonorizar la habitación del fondo.

Hubo más minas y más situaciones incómodas. Una lo tiró de la cama en medio del zarandeo, desesperada por despertarlo. Otra se largó a llorar porque no la dejaba dormir. Otra que lo quería mucho probó con tapones en los oídos. Juan estaba seguro de que no los sabía usar, porque se levantaba todos los días con un humor horrible, y la terminó dejando porque se le hizo insoportable.

Al final, para no joder, aprendió a poner excusas para no pasar la noche. Con esa estrategia le fue más o menos, porque llegaba un punto en que lo dejaban por un miedo al compromiso que él no tenía.

Hasta que la conoció a ella. Pongámosle que se llamaba Silvina. Tenía dientes perfectos y una sonrisa que le daba ganas de ponerse a bailar. No conocía a Sartre pero amaba a Picasso. Y a él lo volvía loco cuando cantaba, desafinada, canciones de Serrat. Pero Juan seguía roncando y a esta no quería, no podía perderla.

Por fin llegó el día en que ella sacó el tema, y sin mucha ceremonia, medio le informó, medio lo amenazó con que esa noche esperaba que durmiera en su casa.

Juan estaba desesperado. A lo largo de los años había probado de todo. Dormir de costado no le había dado resultados. No tomaba alcohol de noche, ni comía mucho ni consumía lácteos. Una vez incluso se había cosido una pelota al pijama, y se había levantado en calzoncillos. Ni el gualicho había funcionado, y después de veintisiete años, lo único que había logrado era perfeccionar los ronquidos.

Llegó la hora y ella le abrió la puerta, el olor de la comida casera flotando en el aire. Él trató de estirar el momento todo lo posible demostrando un entusiasmo inédito y una resistencia digna de los Guiness. Pero llegó un punto en que ninguno de los dos se pudo mover más, y así como estaban, amontonados y pegoteados en un rincón de la cama, se quedaron dormidos.

Nunca supo bien cuánto tiempo había pasado, pero la cuestión es que algo lo despertó bien entrada la madrugada. Un ruido terrible, casi un estruendo que lo hizo sentarse de un salto, ignorando los músculos todavía entumecidos. La miró a ella, para ver si lo había notado, pero dormía tranquila, ahí donde había caído unas horas antes.

Pensando que había sido solamente un sueño, Juan volvió a cerrar los ojos. Más tarde, cuando pegó el salto, se dio cuenta con horror qué era lo que lo había despertado. Porque esta vez se despertó a mitad de ronquido. Despacito, casi con miedo, se dio vuelta mientras empezaba a bajarse de la cama, sólo para confirmar, y supo que todo había terminado –como él sospechaba– cuando la encontró mirándolo con una ceja levantada y esa expresión que ya había visto otras veces en caras de minas que no le importaban tanto. Abrió la boca para disculparse, para contarle que él había tratado de evitarle justamente ese momento, pero ella le ganó de mano.

—¿Vas a algún lado? —le preguntó, como si nada. Lo descolocó, porque él estaba esperando el almohadazo y los gritos alterados de una mujer víctima del insomnio inducido. Solamente por eso le dijo la verdad.

—No quiero ir a ninguna parte.

Ella sonrió esa sonrisa de dientes perfectos y giró un poco para poder abrazarlo mejor.

—Entonces quedate. —Cerró los ojos y ahí nomás, sin ningún esfuerzo, se volvió a dormir.

Él suspiró, aliviado e incrédulo, pero igual se le acercó y la abrazó más fuerte. Dos minutos después, la habitación se llenó de ronquidos que, por una vez, no jodieron a nadie.

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