Ophiocordyceps unilateralis

Desde lejos, pero desde cerca, provoca su efecto. Ella no entiende qué pasa, pero sabe íntimamente que ya no es ella. Ya no es ella quien toma las decisiones ni quien está en poder de su propio cuerpo. No es ella la que voluntariamente se aleja del resto, sino que es su presencia la que la lleva a  hacerlo.

Adonde sea que vaya, ahí está él. No le habla, no le dice nada. No le murmura órdenes al oído ni la amenaza con castigos violentos. Pero ella lo siente. Está ahí, en su cabeza, dictando cada paso equivocado que da. Por él se tropieza; por él se retuerce. Por él sube y sube, y no puede escapar. Por él abandona a sus amigas, a sus hermanas, a las que dependen de ella y de su trabajo. Y sigue subiendo, subiendo, sin mirar atrás.

Él sonríe, en algún lugar, y se frota las manos. Ella es su esclava. Desde que logró penetrar en ella, infiltrarse en su cuerpo y en su mente, él es quien tiene las riendas y ella no puede hacer nada para evitarlo. Él es todo, y ella, ella no es nada. Solamente un envase, un vehículo que él puede usar y tirar cuando quiera.

Él la guía, le marca el camino. Y ella obedece porque ya no puede resistir. Y con sus últimas fuerzas, muerde una última vez. Muerde ahí donde él quiso, y muere. Muere enajenada, inconsciente, despojada de sí. Muere asesinada y el mundo ni se entera.

Y él celebra. Celebra porque ella le dio vida. Porque con ese último sacrificio, ella hizo posible su perpetuidad, y él no va a dejar que sea en vano. Por eso crece. Y sale al mundo desde su cabeza, donde estuvo todo este tiempo, materializándose por fin, casi de manera poética. Abandona el cadáver de su huésped para ser libre, lenta pero decididamente. Y en su honor, se hace muchos otra vez.

Otras van a caer y a morir bajo su influencia y así sabrá que el regalo de ella, su martirio, dio sus frutos.

Después de todo, se trata solamente de sobrevivir.

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El hongo que inspiró el relato: Ophiocordyceps unilateralis – Video

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Cenizas al mar

Nunca me gustó mucho la playa. La arena se pega por todos lados y parece que ni la ducha es capaz de sacarla del todo. El agua me da frío y un poco de miedo. Las olas siempre me parecieron traicioneras, porque a veces son chiquitas, y de golpe viene una grande y te chupa, y vos no podés hacer nada. La gente se amontona con sombrillas y conservadoras y reposeras y los chicos se tiran arena y corren por todos lados. Simplemente no es mi lugar.

Nunca me gustó mucho, decía, hasta ese sábado de octubre, cuando me dijiste que tenías preparada una sorpresa. Ese día me puse una remera nueva y el perfume que te gustaba tanto. Imaginarás mi decepción cuando llegamos a la playa que yo tanto esquivaba, que por una vez estaba vacía. No me quedó otra que sacarme las sandalias porque los tacos se enterraban en la arena y me hacían perder el equilibrio. Vos te reías y te ofreciste a llevarme a cocochito, pero yo ya estaba de mal humor y elegí ignorarte. Por supuesto que el enojo no me duró mucho; ya estaba acostumbrada a perder contra tu sonrisa.

No sé cómo pasó todo, pero en un momento estábamos caminando de la mano por la orilla y en el otro estabas tratando de tirarme al agua. Mis chillidos deben haber asustado a las gaviotas, porque no recuerdo haber visto ninguna mientras corría, incapaz de contener las carcajadas. Y en algún momento me di cuenta de que aun estando mojada, llena de arena y corriendo como desquiciada por una playa desierta, era feliz. Y era feliz, claro, porque estaba con vos.

Más tarde, no me importó acostarme en la arena con tu hombro haciendo las veces de almohada, aunque sabía que después de eso, mi remera nueva no iba a ser más que un trapo. Así nos quedamos no sé cuánto tiempo, en silencio, escuchando las olas romper en la orilla.

En algún momento mi mano buscó la tuya y tus dedos se entrelazaron con los míos. Y así vimos el atardecer, el primero de tantos que veríamos juntos.

Hoy vuelvo a nuestra playa porque es lo que vos querías. Aunque haya pasado tanto tiempo, todavía puedo recordarnos corriendo por esta misma arena, jóvenes y sin ninguna preocupación. Tu risa hace eco en las piedras de la escollera y por un momento espero verte con tu sonrisa torcida ofreciéndome trepar a tu espalda para no arruinar mis sandalias.

Como los años me enseñaron a ser precavida, hoy estoy descalza. Camino lentamente hacia el mar y mi mente desafía cualquier realidad cuando siento tu mano en mi mano, tus pasos en sintonía con los míos y tu perfume mezclado con la sal de la brisa de la tarde de otoño. Juntos nos acercamos a la orilla y nos detenemos al borde del agua para una última despedida. Cierro los ojos cuando siento tu abrazo, cálido y firme como siempre. No hay lugar en el mundo en que me haya sentido más segura. Trato de aferrarte, de memorizar todas tus líneas. Te prometí que no iba a llorar, pero se me escapa una lágrima cuando te escucho murmurándome al oído un último te quiero. Un par de gaviotas levantan vuelo, y el batir de sus alas me devuelve al presente. Respirando hondo y con una sonrisa –porque siempre dijiste que me querías más cuando sonreía–, me adentro en el mar para cumplir tu último deseo.

Y aunque el agua está fría, por vos vale la pena mojarse los pies.

Hito

Llega un momento en la vida en que uno se ve obligado a tomar una decisión. Con el ceño fruncido, se dio que cuenta de que ese momento había llegado para él. No teniendo mucha experiencia en el asunto, se dispuso a analizar minuciosamente los pros y los contras. A su lado, el que lo había metido en el dilema esperaba con gesto ansioso y ojos esperanzados. Los segundos pasaron y pudo ver la desazón en la cara de su compañero.

—Bueno —dijo por fin, alcanzándole el libro medio a regañadientes—. Te lo presto, pero mañana me lo devolvés.